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La reina de las mamis

mami

No es por dar envidia, pero cuando tenía ocho años mi madre me construyó un castillo con cartones. Porque toda princesa tiene que poseer un alcázar, me dijo cuando me lo regaló.
También tiene un cajón secreto donde esconde dinero para mí. “Para algún vestidito de esos que te sientan tan bien”, me dice cada vez que me llena los bolsillos.
Ella es la primera en llamarme por mi cumpleaños, la única persona en este mundo que nada más verme sabe si algo no marcha bien.

Ella es esa mujer que está convencidísima de que su hija podría ser modelo, actriz, presentadora, astronauta, artista, bailarina, cantante, científica, Premio Nobel de la Paz, escritora, presidenta del mundo entero… Si quisiera.

No es por dar envidia, pero el corazón de mi madre latía en busca del mío antes incluso de que yo naciera. Ahora, es el mío el que palpita para no alejarme del suyo.

Ella es la razón por la que no tengo pendientes en mis diminutas orejas. Porque nunca le vio sentido a perforarme los lóbulos si ya así, desnuda y sin decoros, era perfecta.

No es por dar envidia, pero mi madre cree que he adelgazado diez kilos cada vez que me ve y por eso, nunca para de cocinar mis platos favoritos.

Cuando nací, me escribió una carta en la que me contaba sus primeras impresiones al verme. Os cito textualmente la descripción de nuestro primer encuentro:

“Ella es diminuta y perfecta. Tenía los ojos abiertos dentro de mi tripa así que al salir, parecía un lagarto porque sus pupilas estaban llenas de hileras de sangre y además, para rematar la faena, con su larga lengua se relamía la sangre que ensuciaba su cara. Ella es el lagarto-bebé más perfecto que he visto en mi vida”.

A ver a cuantos de vosotros una mami os describe tan amorosamente, ¿eh?

Y ya para terminar solo comentaros que… No es por dar envidia, pero tengo a la mejor madre del mundo. A la reina de las mamis.

MAMIMIA

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Cinco Paulaners, por favor

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-¿Qué le pongo, señorita?-
-Póngame una de alitas picantes y cinco Paulaners, por favor-.
-Pero… Si ha venido sóla. ¿Se las va a beber todas a la vez?-
-Sí hace falta, sí-.

Que me llame alcohólica si quiere, pero yo si bebo es siempre con vosotras. A pesar de los 5.000 km que nos separan estáis presentes.

Entre, sorbo y sorbo, escucho a la rubia de ojos almendrados y sonrisa picarona echándome la bronca por llegar tarde -otra vez-. Yo me callo y bajo la mirada. Como un perrito tristón que sabe que ha hecho mal. Maite sonríe mientras ejerce de abogada del diablo: “No vale la pena enfadarse, Reme es así”. Y ambas concluyen que vivo en otro planeta donde los relojes no existen. Mientras el sol se esconde, Nuri se bebe la vida en tragos largos de paulaners porque nuestras conversaciones picaronas la ruborizan. Es que ella, ya era princesa incluso antes de nacer. Y Elisa está más bonita que nunca. Sus ojos brillan y verla feliz nos hace felices al resto.

Me voy achispando poco a poco. Beberme cinco cervezas de golpe es lo que tiene. Y aquí, que quede constancia que no se volverá a repetir en mucho tiempo, es cuando rebano la corteza que cubre mi corazón y os digo que os quiero. Con locura, además.

A ti Uxue. Porque eres como una bonita casa que siempre tiene sus puertas abiertas. Y en el felpudo de la entrada pone: “Cuidado, en cuanto entres te vas a enamorar”.
Porque enamoras. Quien tiene la suerte de cruzarse con tu amistad sabe que, además de auténtica, eres para siempre.

A ti Maite. Porque eres la amiga que todo el mundo desea tener. Que escucha y aconseja, que ríe y hace reír, que ejerce de trabajadora social incluso cuando nos tambaleamos por la Cocina Vasca con unas copas de más. Eres el ángel de la guarda de nuestras cinco almas.

A ti Nuri. Porque eres la princesa más fuerte que conozco. No te hace falta vivir en castillos ni poseer las joyas más caras. Eres princesa por tu sencillez, por tu bondad. Porque nunca dejas de creer en los sueños y eso hace que el resto no abandonemos los nuestros.

A ti Elisa. Porque eres una superwoman. Cuidas a tu hijo, no faltas nunca al trabajo, te desvives por tu familia y además te las arreglas para tener un hueco para tus amigas. Por no olvidar, que siempre vas tan kuki vestida que a mí me dejas sin palabras. Yo, que rara vez sé en qué día vivo, que llevo calcetines distintos por que nunca encuentro la pareja, te admiro.

Vosotras dibujáis arcoiris en ese planeta en el que vivo donde no existen los relojes.

-Y ahora si puede camarero…La cuenta, por favor-
-Aquí la tiene. ¿Ya se va?-
-Sí, los chupitos de anís los dejamos mejor para otra noche-.

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Empecemos de cero

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Empecemos de cero.

Como si tú no supieras que el color de mis ojos cambia cuando me besas. O como si yo ignorara que te vuelves loco si paseo mis manos por tu pelo.

Hagamos como que no nos conocemos. Que tú no sabes que me encanta ir al cine y elegir estratégicamente todas las chuches que voy a engullir. Que me chiflan las moras rojas y que, siempre siempre, dejo el chocolate para el final. Que yo tampoco sé que tienes un gusto nefasto para las gominolas.

Que incluso para eso, somos polos opuestos.

Riámonos por primera vez. Juntos. Tú de las caras que pongo cuando algo no me gusta y yo, de esas payasadas que parodias cuando estamos los dos solos.

Llámame “bonita” si me enfado. Como si no supieras que es la palabra mágica para que se me pasen los nubarrones.

Emborrachémonos como jovenzuelos inocentes. Róbame el primer beso con el whisky de tu boca, que yo te entrego sin claúsulas toda la ginebra que emane de mis labios.

Cógeme de la mano, como si no supieras que me hace feliz que arropes mi palma con tus dedos magullados.

Y hazme el amor, como si tus huellas dactilares no estuvieran ya marcadas en todos mis rincones. Como si nunca antes hubieras tocado el cielo. Que yo me encargaré de convertirte en el rey de mis caderas.

 

Mírame como si fuera la última vez. Porque quizás, sólo así, me mires como aquella primera vez.

 

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Costumbres infantiles

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Hubo un momento en que dejé de hacerlo.

Tengo ese recuerdo nítido, como si fuera ayer y no hace más de dos décadas.

Estaba en el autobús, agarrada a una barandilla, tarareando en mi cabeza canciones felices. Melodías de niño. En un semáforo en rojo levanté la cabeza y abrí con mis ojos un pasadizo entre mi flequillo, y la miré. Supongo que aún tendría esa mirada inocente que suelen encantar a los mayores. Aunque vete tú a saber, porque yo de angelical, después de los cinco años, creo que lo perdí todo. El caso es que abrí bien mis párpados y le dediqué la mejor de mis sonrisas.

Tenía esa costumbre.

Mis padres siempre me habían dicho que no debía hablar con desconocidos. Pero, oye, nadie me prohibió nunca sonreírles. Así que lo tomé por afición. Era como arrebatar a los transeúntes, por un momento, aunque sólo fuera un segundo, su tristeza y cambiarla por una mínima alegría. Y así, me iba ganando pedazos de cielo.

Solía volver a casa del colegio y mi madre me decía: “Hija, ¿te has portado bien?”, y yo pensaba en la de sonrisas que había provocado y le contestaba muy orgullosa: “Mami, he sido la mejor”, (en aquella época tampoco tenía abuela).

Pero aquella vez fue distinto. Mantuve mi sonrisa un buen rato y la mujer me miró extrañada. Como si no entendiera que aquél gesto era gratis, que no quería nada a cambio. Se dio la vuelta y se cobijó en el asiento más lejano que había. Y entre parada y parada la veía por la mirilla de mi pupila observándome cual bicho raro.

Así que sí, dejé de hacerlo. Dejé de sonreír por miedo a asustar a las personas.

Irónico, ¿verdad?

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Si tú me dices ven…

Pies

Que no puedo ser  tu amor, ni tu amada. Tampoco sirvo de musa ni  princesa. Soy más de llevar escudo y espada; menos de peinarme y llevar bisutería.

Te avisé. Y quien avisa no es Judas. Que el corazón ya lo perdí en alguna de mis guerras. Tú reías y yo te dejé, inocente, creer lo que quisieras.

-Eres joven aún- decías muy seguro de ti mismo.

-No hace falta cumplir años para tener un alma vieja- te replicaba.

Me besaste. Como si con besos se fusilaran las verdades. Ignorando mis palabras y aferrándote a mis labios.

Nos colmamos de caricias, sonreímos atardeceres y nos comimos muchas lunas llenas.

Pero llegó la tormenta y en mi paraguas no había sitio para ambos. Llámame egoísta, pero cuando se trata de dos, hace mucho aprendí que primero voy yo.

Y así, primero me fui yo. Rápidamente. Sin explicaciones ni despedidas. Para así dejar atrás un recuerdo bonito. Que de historias tristes está llena la vida.

Y yo ya llené mi vaso.

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El infinito se queda corto

mamiyyo

 

De nuevo, llego tarde. No te lo había dicho nunca, pero creo que esto de ser impuntual tiene algo de encanto. Porque si siempre llegas a la hora, al momento, a la situación esperada, comienzas a ser previsible. Y no hay nada más aburrido que alguien que no sorprende.

Pero conociéndote, después de escuchar esto, me sonreirás con ese gesto de “Hija ya me conozco tus excusas. Y aún así, sin entender bien cómo, te sigo queriendo”.

Así que no me queda otra que añadir este fallo temporal a la enorme lista de “lo sientos” que te debo. Te aconsejo que te prepares un café y te acomodes porque tienes lectura para rato…

Mamá, lo siento por usarte de despertador un sinfín de veces, por mis berrinches mañaneros, por arreglar mis desastres en secreto sin pedirme nada a cambio, por no ser todo lo detallista que debería ser contigo, por no dejarme aconsejar-cometer entonces el error-y volver de nuevo a tus brazos arrepentida, por pagar contigo mis problemas, por perder las llaves de casa (más de una vez) y despertarte de madrugada, cuando todos los gatos son pardos, para que me abras la puerta. Por todas esas noches en las que mientras yo estaba bailoteando y bebiendo, tú me esperabas en vela. Lo siento por todas las discusiones tontas que te he ocasionado, por llamarte a media mañana un día cualquiera y decirte que había estrellado el coche, por esas pequeñas mentiras que nunca sabrás que lo son, por todos los sustos que te he pegado a lo largo de estos años, por no decirte “Te quiero” tanto como mereces, por anteponer mi bienestar al tuyo-cual muchacha egoísta e imbécil-, por olvidarme de arreglar el cuarto, de hacerte un recado, de comprar el pan… Tantas y tantas veces.

Por sacarte en ocasiones más arrugas (ah no, mamá que tú de eso no tienes) que sonrisas.

Podría seguir, ni siquiera imaginas cuántos “lo sientos” me quedan, pero como veo que ya te estás aburriendo voy a pasar a la lista de agradecimientos y así alegrarte un poco.

Gracias mamá, en primer lugar, por haberme dado la vida. Gracias por comprenderme, por no atarme, por dejarme ser quien soy y aún así quererme como nadie. Gracias por haber evitado que matara a alguno de mis hermanos. Podría estar en prisión ahora mismo si no fuera por ti. Gracias por estos ojos bonitos que he heredado de ti. Por sonreírme siempre y abrazarme sin motivos. Por perdonarme sin ni siquiera yo pedirlo. Por todos esos piropos que me hacen sentir como una princesa. Por ser una madre joven y poder compartir ropa contigo, bueno más bien robártela a ti. Por preparar el mejor cocido del mundo. Por ser la niña de tus ojos y protegerme ante la vida. Gracias por mantener esta familia unida, tu bien sabes que si no estuvieras aquí cada miembro de la misma sería la pieza de un puzzle destrozado. Tú nos unes, mamá.

Gracias por no hacerme, cuando era un bebé, pendientes por miedo a hacerme daño, por todos esos regalos que me comprabas cada vez que me arrancaban algún diente para recolocarme mi desastrosa dentadura. Gracias por hacerme sentir especial, por ser tu favorita (aunque a los demás les digas lo mismo, yo sé que soy yo). Por animarme cada día a ser mejor persona, a continuar aprendiendo y a explotar todo lo que llevo dentro. Gracias por esa paciencia, en ocasiones milagrosa, que tienes conmigo.
Gracias por hablar sola, porque yo me río al escucharte. Por ser tan inocente, tan divertida, tan única y especial.

Millones de gracias mamá, porque ni en sueños puedo imaginar una madre mejor que tú. Estaré siempre orgullosa de descender de ti.

Te quiero. Y no existe palabra precisa para decirte la cantidad. El infinito se queda corto.

Tu pequeña Pulga.

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Algunos somos libres, otros prefieren no serlo

blog

Tengo esas ganas locas de cogerte y sacudirte. Como a un muñeco de tela, desgastado y hecho polvo.
Quiero arrancarte todos tus miedos de un mordisco y coserte un par de alas para ver si así, te animas a volar.
Porque la vida no espera a los indecisos. De hecho, se ríe de ellos y los llama, en secreto, cobardes.

Y a mi me encantaría sentarme al borde del abismo en el que estás y empujarte hacia delante. Porque estás atrapado, estancado, paralizado, aprisionado… Podría darte mil sinónimos más, pero creo que, como todas estas palabras, servirían más bien de poco.

Resulta que al final, como bien escrito está en mi nuca, cada uno es amo de su destino. Y por mucho que yo haga o quiera hacer, por mucho que desee hacerte cambiar de opinión o situación, la grandeza de cada persona está en que somos libres para elegir.

Así que si quieres, quédate pensando que el cementerio está lleno de valientes. Eso te tranquilizará. Pero ojo, porque la vida está repleta de muertos vivientes. De conformistas suicidas.

You’ve got the moon,
I’ve got the shine.

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Fui la princesa más bonita

demonio

No pude mirarte a los ojos y decirte adiós. Supongo que no queda un bonito recuerdo tras esa palabra. Ni siquiera en ese último abrazo que se antoja eterno. Solo un vacío muy triste. Un hueco inmenso que seguramente me hubiera tragado entera.

Así que lo siento, pero fui incapaz de hacerlo. Preferí alejarme pensando que no hay puntos finales en la vida. Qué ilusa, ¿verdad?
Pero he decidido que me gusta más vivir en el mundo de los sueños y poder imaginar que aún sigues revoloteando a mi alrededor, desprendiendo ese olor que te hace único y sonriéndome con esos ojos, con esa boca, que me hacían sentir la princesa más bonita de todos los castillos inventados.

Porque he de reconocer, ahora que mi orgullo se ha rendido, que eres la mejor persona que he conocido. Que aunque no vayas de azul, eres el príncipe de todas las mujeres. Y que algún día, tu corazón será nombrado en el Libro Guinness de los Records, como el más enorme del mundo.

No puedo decirte adiós cuando aún quiero que te quedes. Cuando ahora que me he ido, ya te echo de menos.

Para mí siempre estarás.

 

Porque echar de menos
significa haber vivido,
y sufrir, haber amado.
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Los planes… Para el fin de semana

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Nos cruzamos en la calle de golpe. Con las gotas de una furiosa lluvia relamiéndonos las caras. Me envuelves en tus brazos y sonríes como en aquella vieja polaroid que cuelga de mi corcho. Yo me dejo atrapar y me acomodo entre tu pecho. Como una niña muda que pide a gritos un abrazo.
Me alejas un instante y me observas atento. Para hurgar cualquier herida que estos largos años hayan podido perpetrarme.
Afortunadamente, no he cambiado mucho. Así que respiras aliviado.

Pronto nos cobijamos en un bar de ciudad. De esos que huelen a leyenda. A fósiles con whisky en mano. Y aún se escucha en el silencio, el tintineo de los hielos.
Me quito el abrigo y pedimos unas cervezas. Tú sugieres que brindemos. Porque encuentros así no son casualidad, ¿verdad?

Charlamos, dialogamos, discutimos. Intentando suprimir el tiempo que hemos estado distanciados.

Y al final te cuento apesadumbrada que mi historia no es la que había escrito.

-Pero enana, las historias no se escriben. Se viven.- contesta.

Sonrío y se me escapa una lágrima. Porque en ese momento estoy viviendo más intensamente que en cualquier otro papel en el que dibujé inocente el plan de mi historia.

 

Hay días, o instantes de tu vida, que guardas en tu memoria, e incluso en tus sentidos, como si no se alejasen en el tiempo. Como si se hubieran detenido en el espacio y habitasen siempre junto a ti.
Javier Reverte

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Yo sólo pasaba por aquí

pajaros

Pasaba por aquí y me he parado a saludar.
A darte los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja y un cruasán entre las manos.
He pensado que has podido levantarte con el pie izquierdo. Tan torpe él que te fastidia todo el día.
O quizás aún tienes en tu boca el sabor nauseabundo de aquel chupito que te arrebató tu estúpida tristeza por unas horas. Pero ya te he dicho muchas veces que solo los tontos creen que bebiendo se olvida.

Bebiendo, se recuerda. Con la resaca claro. Que te trae, como una película de serie B, un largometraje (de más de dos horas por seguro) de contenido nostálgico en su más puro estado.

El caso es que yo he venido aquí a recordarte.

Quería que te acordaras de todas las veces que has maldecido algo. Y al tiempo, lo has bendecido. Las veces que entre esa mierda en la que todos alguna vez hemos estado metidos, has encontrado un tesoro.

Quería que sintieras la fortaleza que aparece cuando un “tsunami” revienta todos tus planes. Cuando ya nada tiene sentido y aún sigues en pie.

¿La sientes? Ahora sonríes, ¿verdad?

Eso que palpita haciéndote grande es la vida. Sí, ya sé que es como un maldito terremoto que cambia tu rumbo sin pedirte permiso. Pero deja de buscar la claridad entre tanta turbulencia y déjate llevar.

Baila al compás de esta danza inesperada porque te aseguro que, como mínimo, te va a regalar tantas cosas buenas como malas. COMO MÍNIMO.

Así que acábate el cruasán. Ponte guapo y sal a la calle a bailar con la vida. Y cuidado, no te vayas a enamorar de ella, que sabe moverse muy bien.

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