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No me pidas permiso

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Ocurrió una mañana de primavera.

Alguien cruzó el umbral de mi casa. Sin llamar al timbre, sin despertar a los gatos que comienzan a moverse perezosos. Y sin siquiera llamar a la puerta, entró en la cocina, me preparó el mejor café del mundo y dejó unos churros recién hechos con una nota que rezaba así:

“Para que cuando te levantes, princesa, tus ojeras no sean tan tristes y tus bostezos se vuelvan hambrientos.”

Aquel día a mí se me escapó, no una sonrisa. Sino mil.

Ocurrió una tarde de la misma época.

El entró en casa sin avisar. Se dezcalzó evitando hacer ruido. Y con paciencia y voluntad se hizo un hueco en mi cuarto. En mi rutina, en mis recuerdos, en mi pensar, en la tinta con la que escribo en mi diario, en mis sueños… Se hizo dueño de todo aquello que yo nunca quise dar a nadie.

Volvió a ocurrir una noche de un cálido y nostálgico mayo.

Esta vez, él llamó a la puerta y yo no quise abrir. Porque cuando se quiere algo con pasión no hace falta pedir permiso, se hace con el corazón y punto. Así, yo esperé a que entraras, a que te saltaras las normas y sortearas, una vez más, todos los obstáculos que conducen a mis piernas.

Llegaste. No sólo a mis piernas. También a mi corazón.

Y ahora, me siento como Mafalda: Despeinada y feliz. Porque tal y como afirma ella, “besar a la persona que amas, despeina”.

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