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No me pidas permiso

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Ocurrió una mañana de primavera.

Alguien cruzó el umbral de mi casa. Sin llamar al timbre, sin despertar a los gatos que comienzan a moverse perezosos. Y sin siquiera llamar a la puerta, entró en la cocina, me preparó el mejor café del mundo y dejó unos churros recién hechos con una nota que rezaba así:

“Para que cuando te levantes, princesa, tus ojeras no sean tan tristes y tus bostezos se vuelvan hambrientos.”

Aquel día a mí se me escapó, no una sonrisa. Sino mil.

Ocurrió una tarde de la misma época.

El entró en casa sin avisar. Se dezcalzó evitando hacer ruido. Y con paciencia y voluntad se hizo un hueco en mi cuarto. En mi rutina, en mis recuerdos, en mi pensar, en la tinta con la que escribo en mi diario, en mis sueños… Se hizo dueño de todo aquello que yo nunca quise dar a nadie.

Volvió a ocurrir una noche de un cálido y nostálgico mayo.

Esta vez, él llamó a la puerta y yo no quise abrir. Porque cuando se quiere algo con pasión no hace falta pedir permiso, se hace con el corazón y punto. Así, yo esperé a que entraras, a que te saltaras las normas y sortearas, una vez más, todos los obstáculos que conducen a mis piernas.

Llegaste. No sólo a mis piernas. También a mi corazón.

Y ahora, me siento como Mafalda: Despeinada y feliz. Porque tal y como afirma ella, “besar a la persona que amas, despeina”.

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Hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida

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Me miras vacilón, sabiendo que si sonríes tienes casi ganada la batalla.

Hace un tiempo, ya la habrías ganado. Sin ni siquiera hablar.

Yo habría sacado toda la artillería de paciencia que me quedase en la recámara para comprenderte. Sí, hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida. Como esos perros fieles que una vez muerto su dueño, hacen de su casa el cementerio. Porque antes pensaba que había cosas por las que merecía luchar.

Ahora opino que sigue habiendo cosas por las que merece la pena luchar pero que los hombres no son una de ellas.

Supongo que maduré. Evolucioné. O vete a saber qué.

Así que ya no espero. La vida es demasiado corta como para que te quieran a medias. Llega un punto (situado alrededor del lustro que se comprende entre los 25 y 30 años) en el que una se quiere mucho -o al menos yo lo hago- y no se conforma.

Sólo se conforman los mediocres. Yo nací gritándole a la vida que quería más.

Así que no te sorprendas si ahora cojo mis cosas y me marcho. ¿La explicación? Es muy sencilla. Siéntate, que te la cuento.

Me merezco que me quieras sin condiciones. Que te apasionen incluso mis defectos porque son de fábrica y para toda la vida, como las cicatrices. Que me sorprendas, que me mimes, que me compres batido de chocolate para desayunar porque sabes que odio la leche. Me merezco que me hagas reír a medianoche y que me lleves de paseo sólo para ver la luna. Me merezco que me digas que estoy bonita aunque me mientas, que me abraces cuando no te lo pida y que me beses cuando te gruña. Me merezco poder confiar en ti. Sabiendo que si me caigo, me ayudaras a levantarme. Me merezco que quieras aprenderte de memoria todos los lunares de mi espalda y que ya de paso, me enseñes a contar los tuyos. Me merezco un mejor amigo que me haga el amor por las noches y me haga feliz por las mañanas.

Y a cambio, yo te podría prometer la luna. Pero dejémonos de exageraciones poéticas, que la luna está muy bonita donde está. A cambio te daría los recuerdos más bonitos de tu vida, las experiencias más increíbles y los besos más sinceros que te hayan dado.

Creo que con eso bastaría, ¿no?

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Caminante, hay tantos caminos…

 

corazones

 

-Lo siento, pero no me sale- dijo sincera.

-Entonces, no me quieres ¿no? Porque si no lo dirías sin más. No es tan difícil, yo te lo digo cada dos por tres- rebatió.

-No es que no lo sienta. Pero nunca ha sido mi estilo. No me siento cómoda diciendo cosas que ya sabes de sobra…- contestó ella seria.

-Y cómo lo voy a saber si te asusta tanto decir “TE QUIERO”. Son dos años de relación y aún te pones nerviosa cuando saco el tema-.

Ella se sentó pensativa. Sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Siempre fumaba en momentos tensos. Prefería tintar sus pulmones de un enfermizo negro a morderse las uñas.
En la tercera calada, abrió la boca y estalló:

-¿Conoces esa sensación de despertarte una mañana lluviosa y sonreír porque hay alguien por quien merece la pena hacerlo?, ¿te has tropezado alguna vez en una esquina cualquiera con un perfume y te has reído en silencio al ver que tenía nombre, apellido y mil recuerdos en su aroma?, ¿has perdido la razón frente al corazón?, ¿has querido tanto que cuando querías expresarlo, parecía que el mundo entero se paraba y que las palabras se ahogaban porque temían salir y caer al vacío?-.

Hubo un silencio. Largo. Eterno.

-Eso es lo que yo siento. Espero que te sirva-.

Apagó el cigarrillo. Él se acerco, la abrazó y le susurró:

-Por eso, te quiero. Por rebuscar mil maneras distintas de decirme que me quieres.

 

Les hablo de ese amor que llega y toca
el alma con su magia en desmedida
de ese, que por el beso de una boca
se juega sin pensar…hasta la vida.

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