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Perder es ganar

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Siempre he sido de perder todo. Un día perdí hasta la vergüenza y me puse a bailar. Otro día perdí los papeles y grité enfurecida en medio de la calle. Y es curioso que cuando uno grita se hace el silencio.

Hace no mucho perdí a tu sombra en algún semáforo de camino a casa. Así que por ahí deben andar sueltos mis recuerdos, jugueteando con las hojas otoñales.

Ya quedó lejos la fecha en la que también perdí la mayor parte de mis principios. Ahora que pienso en ellos, me doy cuenta que más que principios eran prohibiciones. Y a mí otra cosa no, pero saltarme los límites siempre se me ha dado bien.

A lo largo de mi vida también perdí las llaves de casa, amistades que pensé que serían eternas, alegrías únicas, besos que aún hacen eco sobre el acantilado de mi boca, tristezas de esas agudas y dolorosas…

Pensé que finalmente lo había perdido todo. Que ya no quedaba más de mí cuando llegaste tú y te fuiste. Así fue como también perdí mi corazón. Pero aprendí que a veces es bueno perderlo todo porque cuando uno vuelve a encontrar algo que no valoraba pero que al no tenerlo, lo echa en falta, lo trata como un tesoro. -Véase el caso de mi móvil-.

Y aprendí también que la felicidad no está en quererte, sino en quererme. Y que ya puestos, puedes intentar robarme algo. Seguramente me quitarás un instante de alegría. Pero ya nunca el corazón y menos aún, esta felicidad que he construido con la base de las putas piedras que te empeñaste en colocar en mi camino.

Porque cuando una se queda vacía, tiene la posibilidad de reinventarse. De mejorar todo aquello que la hizo débil.

Así que gracias, porque nunca creí que perderme sería el único modo de volver a encontrarme.

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Hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida

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Me miras vacilón, sabiendo que si sonríes tienes casi ganada la batalla.

Hace un tiempo, ya la habrías ganado. Sin ni siquiera hablar.

Yo habría sacado toda la artillería de paciencia que me quedase en la recámara para comprenderte. Sí, hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida. Como esos perros fieles que una vez muerto su dueño, hacen de su casa el cementerio. Porque antes pensaba que había cosas por las que merecía luchar.

Ahora opino que sigue habiendo cosas por las que merece la pena luchar pero que los hombres no son una de ellas.

Supongo que maduré. Evolucioné. O vete a saber qué.

Así que ya no espero. La vida es demasiado corta como para que te quieran a medias. Llega un punto (situado alrededor del lustro que se comprende entre los 25 y 30 años) en el que una se quiere mucho -o al menos yo lo hago- y no se conforma.

Sólo se conforman los mediocres. Yo nací gritándole a la vida que quería más.

Así que no te sorprendas si ahora cojo mis cosas y me marcho. ¿La explicación? Es muy sencilla. Siéntate, que te la cuento.

Me merezco que me quieras sin condiciones. Que te apasionen incluso mis defectos porque son de fábrica y para toda la vida, como las cicatrices. Que me sorprendas, que me mimes, que me compres batido de chocolate para desayunar porque sabes que odio la leche. Me merezco que me hagas reír a medianoche y que me lleves de paseo sólo para ver la luna. Me merezco que me digas que estoy bonita aunque me mientas, que me abraces cuando no te lo pida y que me beses cuando te gruña. Me merezco poder confiar en ti. Sabiendo que si me caigo, me ayudaras a levantarme. Me merezco que quieras aprenderte de memoria todos los lunares de mi espalda y que ya de paso, me enseñes a contar los tuyos. Me merezco un mejor amigo que me haga el amor por las noches y me haga feliz por las mañanas.

Y a cambio, yo te podría prometer la luna. Pero dejémonos de exageraciones poéticas, que la luna está muy bonita donde está. A cambio te daría los recuerdos más bonitos de tu vida, las experiencias más increíbles y los besos más sinceros que te hayan dado.

Creo que con eso bastaría, ¿no?

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Hay personas que van por la vida matando

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Hay personas que van por la vida matando.

Asesinan corazones, destruyen ilusiones, violan sonrisas, descuartizan almas, apuñalan sentimientos, envenenan fidelidades, acuchillan emociones, liquidan bondades, desnucan verdades, ahogan te quieros, aniquilan miradas, eliminan alegrías, suprimen futuros, exterminan recuerdos, tirotean a inocentes, estrangulan las promesas…

Matan al amor.

Y al final, cuando ya han destrozado a su presa dicen: “No eres tú, soy yo.”

Claro que eres tú, psicópata hijo de puta.

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Empecemos de cero

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Empecemos de cero.

Como si tú no supieras que el color de mis ojos cambia cuando me besas. O como si yo ignorara que te vuelves loco si paseo mis manos por tu pelo.

Hagamos como que no nos conocemos. Que tú no sabes que me encanta ir al cine y elegir estratégicamente todas las chuches que voy a engullir. Que me chiflan las moras rojas y que, siempre siempre, dejo el chocolate para el final. Que yo tampoco sé que tienes un gusto nefasto para las gominolas.

Que incluso para eso, somos polos opuestos.

Riámonos por primera vez. Juntos. Tú de las caras que pongo cuando algo no me gusta y yo, de esas payasadas que parodias cuando estamos los dos solos.

Llámame “bonita” si me enfado. Como si no supieras que es la palabra mágica para que se me pasen los nubarrones.

Emborrachémonos como jovenzuelos inocentes. Róbame el primer beso con el whisky de tu boca, que yo te entrego sin claúsulas toda la ginebra que emane de mis labios.

Cógeme de la mano, como si no supieras que me hace feliz que arropes mi palma con tus dedos magullados.

Y hazme el amor, como si tus huellas dactilares no estuvieran ya marcadas en todos mis rincones. Como si nunca antes hubieras tocado el cielo. Que yo me encargaré de convertirte en el rey de mis caderas.

 

Mírame como si fuera la última vez. Porque quizás, sólo así, me mires como aquella primera vez.

 

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Caminante, hay tantos caminos…

 

corazones

 

-Lo siento, pero no me sale- dijo sincera.

-Entonces, no me quieres ¿no? Porque si no lo dirías sin más. No es tan difícil, yo te lo digo cada dos por tres- rebatió.

-No es que no lo sienta. Pero nunca ha sido mi estilo. No me siento cómoda diciendo cosas que ya sabes de sobra…- contestó ella seria.

-Y cómo lo voy a saber si te asusta tanto decir “TE QUIERO”. Son dos años de relación y aún te pones nerviosa cuando saco el tema-.

Ella se sentó pensativa. Sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Siempre fumaba en momentos tensos. Prefería tintar sus pulmones de un enfermizo negro a morderse las uñas.
En la tercera calada, abrió la boca y estalló:

-¿Conoces esa sensación de despertarte una mañana lluviosa y sonreír porque hay alguien por quien merece la pena hacerlo?, ¿te has tropezado alguna vez en una esquina cualquiera con un perfume y te has reído en silencio al ver que tenía nombre, apellido y mil recuerdos en su aroma?, ¿has perdido la razón frente al corazón?, ¿has querido tanto que cuando querías expresarlo, parecía que el mundo entero se paraba y que las palabras se ahogaban porque temían salir y caer al vacío?-.

Hubo un silencio. Largo. Eterno.

-Eso es lo que yo siento. Espero que te sirva-.

Apagó el cigarrillo. Él se acerco, la abrazó y le susurró:

-Por eso, te quiero. Por rebuscar mil maneras distintas de decirme que me quieres.

 

Les hablo de ese amor que llega y toca
el alma con su magia en desmedida
de ese, que por el beso de una boca
se juega sin pensar…hasta la vida.

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¡Felicidades Papá!

niño en el agua

Recuerdo como si aún fuese una renacuaja aquel domingo de verano.
A uno de los hermanos le estabas enseñando a tirarse de cabeza en la piscina del pueblo. Bueno a él y a todos sus amigos. Porque había una fila india al borde de aquella olímpica llena de críos entusiasmados por lograr un salto perfecto. Incluso el socorrista miraba intrigado a qué se debía tanto jaleo. Claro, él no era consciente de que tú siempre fuiste un niño más vestido en un cuerpo adulto. Y de ahí que atrajeras la atención de todos los enanos.

Y ahí estaba yo. Una enana más, sentadita al borde observando el desfile de niños que se hundían en el agua. Había aplausos, burlas, chillos… Pero yo me mantenía al margen. Era demasiado pequeña y tú siempre me protegías más que al resto de los hermanos. Aún hoy me sigues diciendo: “Tú eres mi única niña, a los otros ya los tengo repetidos”. Y yo siempre intento obedecer pero papá, en esta vida, sólo sobresalen los rebeldes.

Así que aquella tarde, envidiosa por no participar en el circuito acuático, decidí imitarles. Aprovechando que otro de los niños iba a saltar y todos los ojos estaban puestos sobre él, me levanté y coloqué mis pies rozando el agua. Me incliné tal y como les habías enseñado a los “mayores” y salté a embestir el agua.

Unos segundos más tarde, mi cabeza se asomó por encima del agua. Pensé que nadie se habría dado cuenta porque era muy chiquitita. La “pulguita” me llamabas (bueno hoy en día aún me llamas así y eso que ya tengo 25 años y mido casi lo mismo que tú). Pero al sacar mis ojos del agua me di cuenta de lo confundida que estaba. Los veinte críos me miraban asombrados. “Mira, una niña lo ha hecho mejor que tú, marica…”, vacilaban unos a otros.

Pero lo que recuerdo nítidamente por encima de todo fue tu enorme sonrisa. “¡Pulguita! ¡Pero qué valiente has sido y qué bien lo has hecho!”, me decías una y otra vez. Y yo creo que salí flotando del agua porque debía parecer un globo aerostático de lo hinchada de orgullo que estaba. Me acerqué a ti tímida y tú me abrazaste diciendo: “¡Esa es mi pulguita!”.

Y juntos, aquella tarde de verano, nos comimos el mundo entero.

Así que hoy, como mínimo, debo darte las gracias por ser mi padre. Porque si me pusiera a escribir en papel sobre todo lo que me has enseñado no habría árboles suficientes en el mundo.

Me enseñaste a nadar, así que ahora, con el agua al cuello, no me ahogo.

Hoy debería ser fiesta Nacional. O Mundial. No porque queramos “escaquearnos” del trabajo (que también), sino porque es un GRAN día para ti.

¡Felicidades Papá!

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Yo sólo pasaba por aquí

pajaros

Pasaba por aquí y me he parado a saludar.
A darte los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja y un cruasán entre las manos.
He pensado que has podido levantarte con el pie izquierdo. Tan torpe él que te fastidia todo el día.
O quizás aún tienes en tu boca el sabor nauseabundo de aquel chupito que te arrebató tu estúpida tristeza por unas horas. Pero ya te he dicho muchas veces que solo los tontos creen que bebiendo se olvida.

Bebiendo, se recuerda. Con la resaca claro. Que te trae, como una película de serie B, un largometraje (de más de dos horas por seguro) de contenido nostálgico en su más puro estado.

El caso es que yo he venido aquí a recordarte.

Quería que te acordaras de todas las veces que has maldecido algo. Y al tiempo, lo has bendecido. Las veces que entre esa mierda en la que todos alguna vez hemos estado metidos, has encontrado un tesoro.

Quería que sintieras la fortaleza que aparece cuando un “tsunami” revienta todos tus planes. Cuando ya nada tiene sentido y aún sigues en pie.

¿La sientes? Ahora sonríes, ¿verdad?

Eso que palpita haciéndote grande es la vida. Sí, ya sé que es como un maldito terremoto que cambia tu rumbo sin pedirte permiso. Pero deja de buscar la claridad entre tanta turbulencia y déjate llevar.

Baila al compás de esta danza inesperada porque te aseguro que, como mínimo, te va a regalar tantas cosas buenas como malas. COMO MÍNIMO.

Así que acábate el cruasán. Ponte guapo y sal a la calle a bailar con la vida. Y cuidado, no te vayas a enamorar de ella, que sabe moverse muy bien.

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Aunque tú ya no estés

Hace tres años ya que nos cruzamos por primera vez.
He estado intentando ignorar el calendario. Borrando las fechas a los días y tu nombre a mis recuerdos.
Despisté al pasado durante un tiempo y me vanaglorié. Hasta hoy.

Ha vuelto pisando fuerte. Analizando mi memoria y sonsacando de ella los detalles más precisos.
Como esa felicidad tonta que me inundó al mirarte. O aquella enorme sonrisa que me dedicaste; con la que perdí el Norte y encontré nuestro Sur.
Aparecen en fotogramas todas nuestras primeras veces. Como un sueño que se desvanece cada vez que ansío revivirlo.

Pero poco a poco destrozamos nuestras tierras conquistadas como fieras sin conciencia. Dejando tan sólo las migajas de tantas promesas rotas.

Y es tan curioso el tiempo que ahora, te miro a los ojos y ya no te veo. O quizás es que yo tampoco estoy ahí. Nos perdimos en la distancia, en otras vidas ajenas a la nuestra. Y así, sin darnos cuenta si quiera, borramos aquel destino que alguien escribió para nosotros.

Supongo que de esto trata la vida. De entregar el corazón sin medidas ni cláusulas de daños. Hasta que un día, desgastado de tanto dar, deje de latir.

Aunque tú no lo sepas,
he blindado mi puerta y al llegar la mañana,
no me di ni cuenta de que ya nunca estabas…
(Quique González)

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Amores perros

Recordaré cómo te colabas en mi cuarto a hurtadillas. Como un chiquillo travieso que quería escapar del mundo y adentrarse entre mis sábanas.
Soñaré con ese olor que revolucionaba cada una de las hormonas que transitaban por mi cuerpo.
Quedará tatuada en mis pupilas tu mirada. Y tu sonrisa, en cada uno de los besos que se escapen de mis labios.
Añoraré las mariposas que enloquecían alegres de tu paso por mi vida.
E intentaré borrar con lejía cualquier rastro de tu nombre en mi memoria. Porque así como las prendas sucias deben lavarse, también deben eliminarse viejos amores.

Pero sé que ansiaré volver a verte incluso cuando ya te haya olvidado.

Es lo que tienen los amores perros. Que prenden fuego en un cruce de miradas y nunca llegan a apagarse.

Así que sí. Por si no te queda claro, te echaré de menos.

Mamihlapinatapai
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Querer es poder. O eso dicen…

Que saques a bailar a mis sonrisas de madrugada y apagues mi nostalgia cuando llegue de improviso. Que seas un músico desgastado y apuesto. De esos que deambulan perdidos por bares de cuarta clase. Que me regales abrazos cuando estén prohibidos y me comas a besos cuando no tengas hambre. Que descorches tus secretos en cenas con champán y de postre quieras degustar mi cuerpo. Que me cosas el corazón con una de tus canciones y selles mi piel con cada acorde de tu guitarra. Que empaquetes mi pasado en una mochila, enciendas el motor del coche y cambies el rumbo de mi vida. Que pintes mi primavera de colores inventados y abaniques mi verano con la magia de tus manos.

Quiero que seas el desparpajo de la vida en mi rutina encasillada.

“Yo solo busco que me tiemblen las piernas,
que seas de esas que nadie recomienda…”
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