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Quería hacerte feliz un lunes por la mañana

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Quería darte los buenos días en persona y con abrazos.
Sorprenderte con un desayuno delicioso. De esos elegantes y apetitosos que sólo preparan las mujeres perfectas.
Aparecer en tu cama con un camisón sexy y la cara bonita; como si el sueño no pasara factura por mis ojeras.
Acercarme a ti, sigilosa. Susurrarte un buenos días y comerte a besos.

Y mientras, que en la calle se escuchasen pajaritos cantando y al sol empezando a bostezar sus primeros rayos.

Quería hacerte feliz un lunes por la mañana.

Pero en mis despertares siempre quedan restos del sábado. De ojeras amontonadas y sueños apilados en bostezos. Además, nunca desayuno. No me gusta el café ni el zumo de naranja. Soy más de una tostada de nocilla a media mañana, cuando ya no me cuesta tanto articular palabras y puedo incluso sonreír.

Odio a esos seres a los que les encanta ir por la vida madrugando. Van por ahí recitando frases hechas: “¡Hoy es el primer día del resto de tu vida!, ¡Vamos a empezar con energía!, ¡Buenos y bonitos días!” a las seis de la mañana.

Esos malditos, ¿de dónde han salido? A veces he pensado seriamente que son robots. Porque no conozco a nadie que no se levante con el corazón roto un lunes por la mañana.

Así que no puedo prometerte los más bonitos despertares. Porque no me levanto con cara bonita, no sé preparar cafés espumosos, no tengo buen humor y mis besos por la mañana son más bien perezosos y tristones. Y para qué engañarnos, a esas horas los pajaritos y el sol aún siguen durmiendo.

Lo que sí puedo prometerte es que haré todo lo que esté en mi mano por regalarte los mejores buenas noches de la historia.

Te prometo guardar mis sonrisas del día para nuestras noches de sofá y película. Prometo entregarte todas las caricias que guardé en la mesilla de noche y regalarte todos los besos que escondí tras el manto de la luna.

Y ya cuando la oscuridad reine en tus pupilas y estés soñando más dormido que despierto, prometo juntar tu cuerpo al mío. Despertarte con deseo y hacerte entonces soñar más despierto que dormido.

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Los hombres, ¿simples?

Tengo un amigo que cuando invita a alguna chica a ver una película a su casa le pone “El diario de Noa”. No porque sea su preferida -nunca la consiguió ver entera- si no porque sabe que así es más fácil “conquistarla”.
También tengo la suerte de haber conocido a otra gran persona que alardea de su vida oculta. Y cuando le preguntas: “¿Qué hiciste? ¿Con quien estuviste?”, sella sus labios con un gesto de tipo interesante. Y con media sonrisa y un guiño de ojos contesta: “La llave al río”. Y lanza con un gesto chulesco una llave imaginaria lejos, como si detrás de esa boca se escondieran sabrosas confidencias infranqueables. (NOTA: El río también es imaginario).
Conozco a otro personaje que comenta apasionadamente que no está hecho para el compromiso. Que el amor, el matrimonio, la convivencia… Son convenciones sociales que nos hemos tragado desde parvulitos.

Y yo me río. Cuando les escucho, me desternillo por dentro.

Resulta que el amante de “El diario de Noa” tiene un corazón que no le cabe y una honestidad que le da más problemas que regalos. Un día se enamoró y consiguió terminar de verla. Lloró como una adolescente al final de la película.

Siento decepcionaros, pero un día destapé los secretos del mago de la llave. Dejémoslo en que de chulo no tiene nada. Y que sus secretos más oscuros incluyen una película de Pixar, una empachada de palomitas y a su hija de tres años disfrutando feliz.

Y sobre el escéptico del amor tan sólo decir que mantiene su postura anti-cupido. Pero en unos meses se va a vivir con su novia. Es de esos enamorados que cada vez que escuchan el nombre de su chica le brillan las pupilas. Contradictorio, ¿verdad?

Así que yo me pregunto: ¿quién dijo que los hombres son simples por naturaleza?

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No le des al Play. Aún no.

chica mirando al infinito

A ella le gustaban los trailers. Más bien, los amaba.
Era una de esas aficiones raras que suelen tener las personas extrañas.
Pero merecía la pena verla disfrutar.
Tenía ese momento único –intenso, alocado, especial– en el se acomodaba en el asiento, agarraba un puñado de palomitas, y sonreía feliz al ver pasar los resúmenes de los estrenos. La mayoría de las veces, patéticos.
Pero ella disfrutaba. Se dibujaban en sus mejillas unos hoyuelos simpáticos que dejaban entrever que para ella, aún quedaban pequeños milagros por encontrar.

Pero cuando las luces se apagaban y empezaba la película, la magia se esfumaba. Y sus hoyuelos, se evaporaban al ritmo de los primeros fotogramas.

Un día me lo explicó y yo asentí maravillado:
“Odio darle al “play” a las películas. ¿No te das cuenta de que todo principio tiene un final? Y yo lo único que quiero es que dure para siempre”.

Y es que ella, era un milagro en sí.

No digas que esto se ha agotado.
Que ya no hay vuelta atrás.
No quiero oirlo, porque hay finales
que nunca terminan.
Que se repiten como un bucle
de canciones tristes y apagadas.

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