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Hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida

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Me miras vacilón, sabiendo que si sonríes tienes casi ganada la batalla.

Hace un tiempo, ya la habrías ganado. Sin ni siquiera hablar.

Yo habría sacado toda la artillería de paciencia que me quedase en la recámara para comprenderte. Sí, hace un tiempo, te hubiera esperado toda la vida. Como esos perros fieles que una vez muerto su dueño, hacen de su casa el cementerio. Porque antes pensaba que había cosas por las que merecía luchar.

Ahora opino que sigue habiendo cosas por las que merece la pena luchar pero que los hombres no son una de ellas.

Supongo que maduré. Evolucioné. O vete a saber qué.

Así que ya no espero. La vida es demasiado corta como para que te quieran a medias. Llega un punto (situado alrededor del lustro que se comprende entre los 25 y 30 años) en el que una se quiere mucho -o al menos yo lo hago- y no se conforma.

Sólo se conforman los mediocres. Yo nací gritándole a la vida que quería más.

Así que no te sorprendas si ahora cojo mis cosas y me marcho. ¿La explicación? Es muy sencilla. Siéntate, que te la cuento.

Me merezco que me quieras sin condiciones. Que te apasionen incluso mis defectos porque son de fábrica y para toda la vida, como las cicatrices. Que me sorprendas, que me mimes, que me compres batido de chocolate para desayunar porque sabes que odio la leche. Me merezco que me hagas reír a medianoche y que me lleves de paseo sólo para ver la luna. Me merezco que me digas que estoy bonita aunque me mientas, que me abraces cuando no te lo pida y que me beses cuando te gruña. Me merezco poder confiar en ti. Sabiendo que si me caigo, me ayudaras a levantarme. Me merezco que quieras aprenderte de memoria todos los lunares de mi espalda y que ya de paso, me enseñes a contar los tuyos. Me merezco un mejor amigo que me haga el amor por las noches y me haga feliz por las mañanas.

Y a cambio, yo te podría prometer la luna. Pero dejémonos de exageraciones poéticas, que la luna está muy bonita donde está. A cambio te daría los recuerdos más bonitos de tu vida, las experiencias más increíbles y los besos más sinceros que te hayan dado.

Creo que con eso bastaría, ¿no?

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Quería hacerte feliz un lunes por la mañana

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Quería darte los buenos días en persona y con abrazos.
Sorprenderte con un desayuno delicioso. De esos elegantes y apetitosos que sólo preparan las mujeres perfectas.
Aparecer en tu cama con un camisón sexy y la cara bonita; como si el sueño no pasara factura por mis ojeras.
Acercarme a ti, sigilosa. Susurrarte un buenos días y comerte a besos.

Y mientras, que en la calle se escuchasen pajaritos cantando y al sol empezando a bostezar sus primeros rayos.

Quería hacerte feliz un lunes por la mañana.

Pero en mis despertares siempre quedan restos del sábado. De ojeras amontonadas y sueños apilados en bostezos. Además, nunca desayuno. No me gusta el café ni el zumo de naranja. Soy más de una tostada de nocilla a media mañana, cuando ya no me cuesta tanto articular palabras y puedo incluso sonreír.

Odio a esos seres a los que les encanta ir por la vida madrugando. Van por ahí recitando frases hechas: “¡Hoy es el primer día del resto de tu vida!, ¡Vamos a empezar con energía!, ¡Buenos y bonitos días!” a las seis de la mañana.

Esos malditos, ¿de dónde han salido? A veces he pensado seriamente que son robots. Porque no conozco a nadie que no se levante con el corazón roto un lunes por la mañana.

Así que no puedo prometerte los más bonitos despertares. Porque no me levanto con cara bonita, no sé preparar cafés espumosos, no tengo buen humor y mis besos por la mañana son más bien perezosos y tristones. Y para qué engañarnos, a esas horas los pajaritos y el sol aún siguen durmiendo.

Lo que sí puedo prometerte es que haré todo lo que esté en mi mano por regalarte los mejores buenas noches de la historia.

Te prometo guardar mis sonrisas del día para nuestras noches de sofá y película. Prometo entregarte todas las caricias que guardé en la mesilla de noche y regalarte todos los besos que escondí tras el manto de la luna.

Y ya cuando la oscuridad reine en tus pupilas y estés soñando más dormido que despierto, prometo juntar tu cuerpo al mío. Despertarte con deseo y hacerte entonces soñar más despierto que dormido.

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Algunos somos libres, otros prefieren no serlo

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Tengo esas ganas locas de cogerte y sacudirte. Como a un muñeco de tela, desgastado y hecho polvo.
Quiero arrancarte todos tus miedos de un mordisco y coserte un par de alas para ver si así, te animas a volar.
Porque la vida no espera a los indecisos. De hecho, se ríe de ellos y los llama, en secreto, cobardes.

Y a mi me encantaría sentarme al borde del abismo en el que estás y empujarte hacia delante. Porque estás atrapado, estancado, paralizado, aprisionado… Podría darte mil sinónimos más, pero creo que, como todas estas palabras, servirían más bien de poco.

Resulta que al final, como bien escrito está en mi nuca, cada uno es amo de su destino. Y por mucho que yo haga o quiera hacer, por mucho que desee hacerte cambiar de opinión o situación, la grandeza de cada persona está en que somos libres para elegir.

Así que si quieres, quédate pensando que el cementerio está lleno de valientes. Eso te tranquilizará. Pero ojo, porque la vida está repleta de muertos vivientes. De conformistas suicidas.

You’ve got the moon,
I’ve got the shine.

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Entre sueño y sueño

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Echo de menos abandonar al tiempo en alguna gasolinera que nos pille de paso.
Perdernos por algún camino oscuro y hacer un trío con la luna. Que me enciendas con tus manos y me abrases con tus besos. Y al caer dormidos, rezar para que la rutina no nos alcance al amanecer.

Al llegar la mañana, prepararte un café, de esos que huelen a historia y oírte bostezar un “Buenos días, princesa” con esos ojos perezosos.
Deambular más tarde, por algún pueblo perdido. Como Adán y Eva, pero felices de haber pecado tanto.

Que me mires y sonrías. Que te mire y se me pare, por un instante, el corazón.

Achisparnos con unos gin tonics y contarnos, entre calada y calada, nuestros secretos más oscuros. Y cuando la noche vuelva a sorprendernos, cruzar los dedos para que las horas se tropiecen y nos concedan unos besos de más. Dormirnos, bajo el cobijo de estrellas, soñando que el mañana nunca llega.

Soñando que nunca despertamos de ese sueño.

Supongo que no quise volver nunca.
Y que una parte de mí se quedo allí.
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Carpe Diem, pequeña…

Enterramos el mundo en la azotea. Con una botella de vino blanco en las manos y la ciudad a nuestros pies.
La luna brillaba desnuda. Tan coqueta ella…

Tú sonreíste y yo aparté la mirada. No quería más de esas, ya había demasiadas atragantadas en mi corazón.
Acariciaste mi mejilla y susurraste al viento: “Carpe Diem, pequeña…”.

Y yo, tan sólo pude estallar:
-No hay Carpe Diem que valga. Incluso la luna sabe que mañana volverá. Pero tú, tú juegas al escondite cada vez que me doy la vuelta. Y te excusas con frases hechas. Utopías que no se cree ni Gandhi. Y, ¿sabes qué? Que ya estoy harta.

Porque es injusto que destruyas mis fronteras con un bombardeo de sonrisas, que deje mis horas pendiendo en cada una de tus pestañas como si fueran todas tuyas. Que amplie mi paciencia hasta límites exagerados sólo por volver a ese maldito Carpe Diem del que hablas. Que corra como una chiquilla a tu encuentro y haga bailar mi vida al ritmo de tus pisadas.

Es injusto que me enamore de alquien que olvidó lo que es amar-.

Terminé el monólogo y apagué el cigarro. Me levanté sin mirarle, evitando traicionar a mis palabras, y me fui. Segundos más tarde comenzó a llover. Se ahogaron en aquella azotea todas mis ilusiones.

Adiós Carpe Diem.

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