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Perder es ganar

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Siempre he sido de perder todo. Un día perdí hasta la vergüenza y me puse a bailar. Otro día perdí los papeles y grité enfurecida en medio de la calle. Y es curioso que cuando uno grita se hace el silencio.

Hace no mucho perdí a tu sombra en algún semáforo de camino a casa. Así que por ahí deben andar sueltos mis recuerdos, jugueteando con las hojas otoñales.

Ya quedó lejos la fecha en la que también perdí la mayor parte de mis principios. Ahora que pienso en ellos, me doy cuenta que más que principios eran prohibiciones. Y a mí otra cosa no, pero saltarme los límites siempre se me ha dado bien.

A lo largo de mi vida también perdí las llaves de casa, amistades que pensé que serían eternas, alegrías únicas, besos que aún hacen eco sobre el acantilado de mi boca, tristezas de esas agudas y dolorosas…

Pensé que finalmente lo había perdido todo. Que ya no quedaba más de mí cuando llegaste tú y te fuiste. Así fue como también perdí mi corazón. Pero aprendí que a veces es bueno perderlo todo porque cuando uno vuelve a encontrar algo que no valoraba pero que al no tenerlo, lo echa en falta, lo trata como un tesoro. -Véase el caso de mi móvil-.

Y aprendí también que la felicidad no está en quererte, sino en quererme. Y que ya puestos, puedes intentar robarme algo. Seguramente me quitarás un instante de alegría. Pero ya nunca el corazón y menos aún, esta felicidad que he construido con la base de las putas piedras que te empeñaste en colocar en mi camino.

Porque cuando una se queda vacía, tiene la posibilidad de reinventarse. De mejorar todo aquello que la hizo débil.

Así que gracias, porque nunca creí que perderme sería el único modo de volver a encontrarme.

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Pon las cartas sobre la mesa

Preparo un par de maletas, organizo mi mente, relajo a mi conciencia y animo al corazón.
No quiero ser de esos que vuelven con el “rabo entre las piernas”.
Prefiero pensar que jugué con mis mejores cartas, y el destino me la jugó a mí.

No me malinterpretes. Esta ciudad me arropó con sus mejores mantas en invierno y me desnudó en las noches de verano. Me dio de comer, un trabajo y muchas alegrías. Gotas de felicidad y un hogar. Una dulce casita repleta de mañanas risueñas.

He disfrutado conociendo lo variopinto de sus gentes -cada una de una madre-. Y han paseado por mis ojos conocidos, luego amigos y para terminar, grandes personas. De esas que te hacen olvidar el tráfico, los días sin nombre, las penas, el echar de menos… Y lo cambian todo por unas cañas con tapita.

Pero yo, como una niña malcriada y caprichosa, le pido más a la vida. La paciencia no es mi fuerte. Así que cuando no encuentro lo que busco, hago un cambio de sentido con derrape incluido.

Adiós Madrid. Guárdame unas cañitas para cuando vuelva. Será un placer brindar de nuevo.

Y ahora, ¿qué? Habrá que barajar las cartas de nuevo. Y esta vez, espero que me toque algún as.

PD: Vuelvo a casa. Por un tiempo al menos. Para coger impulso y volver a volar (esta vez, un poco más lejos).

“No fue buena idea venir hasta aquí
Tan seguro de mí,
tan seguro de no perder…
La suerte se burla de mí otra vez.”
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