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Perder es ganar

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Siempre he sido de perder todo. Un día perdí hasta la vergüenza y me puse a bailar. Otro día perdí los papeles y grité enfurecida en medio de la calle. Y es curioso que cuando uno grita se hace el silencio.

Hace no mucho perdí a tu sombra en algún semáforo de camino a casa. Así que por ahí deben andar sueltos mis recuerdos, jugueteando con las hojas otoñales.

Ya quedó lejos la fecha en la que también perdí la mayor parte de mis principios. Ahora que pienso en ellos, me doy cuenta que más que principios eran prohibiciones. Y a mí otra cosa no, pero saltarme los límites siempre se me ha dado bien.

A lo largo de mi vida también perdí las llaves de casa, amistades que pensé que serían eternas, alegrías únicas, besos que aún hacen eco sobre el acantilado de mi boca, tristezas de esas agudas y dolorosas…

Pensé que finalmente lo había perdido todo. Que ya no quedaba más de mí cuando llegaste tú y te fuiste. Así fue como también perdí mi corazón. Pero aprendí que a veces es bueno perderlo todo porque cuando uno vuelve a encontrar algo que no valoraba pero que al no tenerlo, lo echa en falta, lo trata como un tesoro. -Véase el caso de mi móvil-.

Y aprendí también que la felicidad no está en quererte, sino en quererme. Y que ya puestos, puedes intentar robarme algo. Seguramente me quitarás un instante de alegría. Pero ya nunca el corazón y menos aún, esta felicidad que he construido con la base de las putas piedras que te empeñaste en colocar en mi camino.

Porque cuando una se queda vacía, tiene la posibilidad de reinventarse. De mejorar todo aquello que la hizo débil.

Así que gracias, porque nunca creí que perderme sería el único modo de volver a encontrarme.

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La reina de las mamis

mami

No es por dar envidia, pero cuando tenía ocho años mi madre me construyó un castillo con cartones. Porque toda princesa tiene que poseer un alcázar, me dijo cuando me lo regaló.
También tiene un cajón secreto donde esconde dinero para mí. “Para algún vestidito de esos que te sientan tan bien”, me dice cada vez que me llena los bolsillos.
Ella es la primera en llamarme por mi cumpleaños, la única persona en este mundo que nada más verme sabe si algo no marcha bien.

Ella es esa mujer que está convencidísima de que su hija podría ser modelo, actriz, presentadora, astronauta, artista, bailarina, cantante, científica, Premio Nobel de la Paz, escritora, presidenta del mundo entero… Si quisiera.

No es por dar envidia, pero el corazón de mi madre latía en busca del mío antes incluso de que yo naciera. Ahora, es el mío el que palpita para no alejarme del suyo.

Ella es la razón por la que no tengo pendientes en mis diminutas orejas. Porque nunca le vio sentido a perforarme los lóbulos si ya así, desnuda y sin decoros, era perfecta.

No es por dar envidia, pero mi madre cree que he adelgazado diez kilos cada vez que me ve y por eso, nunca para de cocinar mis platos favoritos.

Cuando nací, me escribió una carta en la que me contaba sus primeras impresiones al verme. Os cito textualmente la descripción de nuestro primer encuentro:

“Ella es diminuta y perfecta. Tenía los ojos abiertos dentro de mi tripa así que al salir, parecía un lagarto porque sus pupilas estaban llenas de hileras de sangre y además, para rematar la faena, con su larga lengua se relamía la sangre que ensuciaba su cara. Ella es el lagarto-bebé más perfecto que he visto en mi vida”.

A ver a cuantos de vosotros una mami os describe tan amorosamente, ¿eh?

Y ya para terminar solo comentaros que… No es por dar envidia, pero tengo a la mejor madre del mundo. A la reina de las mamis.

MAMIMIA

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Empecemos de cero

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Empecemos de cero.

Como si tú no supieras que el color de mis ojos cambia cuando me besas. O como si yo ignorara que te vuelves loco si paseo mis manos por tu pelo.

Hagamos como que no nos conocemos. Que tú no sabes que me encanta ir al cine y elegir estratégicamente todas las chuches que voy a engullir. Que me chiflan las moras rojas y que, siempre siempre, dejo el chocolate para el final. Que yo tampoco sé que tienes un gusto nefasto para las gominolas.

Que incluso para eso, somos polos opuestos.

Riámonos por primera vez. Juntos. Tú de las caras que pongo cuando algo no me gusta y yo, de esas payasadas que parodias cuando estamos los dos solos.

Llámame “bonita” si me enfado. Como si no supieras que es la palabra mágica para que se me pasen los nubarrones.

Emborrachémonos como jovenzuelos inocentes. Róbame el primer beso con el whisky de tu boca, que yo te entrego sin claúsulas toda la ginebra que emane de mis labios.

Cógeme de la mano, como si no supieras que me hace feliz que arropes mi palma con tus dedos magullados.

Y hazme el amor, como si tus huellas dactilares no estuvieran ya marcadas en todos mis rincones. Como si nunca antes hubieras tocado el cielo. Que yo me encargaré de convertirte en el rey de mis caderas.

 

Mírame como si fuera la última vez. Porque quizás, sólo así, me mires como aquella primera vez.

 

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Costumbres infantiles

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Hubo un momento en que dejé de hacerlo.

Tengo ese recuerdo nítido, como si fuera ayer y no hace más de dos décadas.

Estaba en el autobús, agarrada a una barandilla, tarareando en mi cabeza canciones felices. Melodías de niño. En un semáforo en rojo levanté la cabeza y abrí con mis ojos un pasadizo entre mi flequillo, y la miré. Supongo que aún tendría esa mirada inocente que suelen encantar a los mayores. Aunque vete tú a saber, porque yo de angelical, después de los cinco años, creo que lo perdí todo. El caso es que abrí bien mis párpados y le dediqué la mejor de mis sonrisas.

Tenía esa costumbre.

Mis padres siempre me habían dicho que no debía hablar con desconocidos. Pero, oye, nadie me prohibió nunca sonreírles. Así que lo tomé por afición. Era como arrebatar a los transeúntes, por un momento, aunque sólo fuera un segundo, su tristeza y cambiarla por una mínima alegría. Y así, me iba ganando pedazos de cielo.

Solía volver a casa del colegio y mi madre me decía: “Hija, ¿te has portado bien?”, y yo pensaba en la de sonrisas que había provocado y le contestaba muy orgullosa: “Mami, he sido la mejor”, (en aquella época tampoco tenía abuela).

Pero aquella vez fue distinto. Mantuve mi sonrisa un buen rato y la mujer me miró extrañada. Como si no entendiera que aquél gesto era gratis, que no quería nada a cambio. Se dio la vuelta y se cobijó en el asiento más lejano que había. Y entre parada y parada la veía por la mirilla de mi pupila observándome cual bicho raro.

Así que sí, dejé de hacerlo. Dejé de sonreír por miedo a asustar a las personas.

Irónico, ¿verdad?

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Si tú me dices ven…

Pies

Que no puedo ser  tu amor, ni tu amada. Tampoco sirvo de musa ni  princesa. Soy más de llevar escudo y espada; menos de peinarme y llevar bisutería.

Te avisé. Y quien avisa no es Judas. Que el corazón ya lo perdí en alguna de mis guerras. Tú reías y yo te dejé, inocente, creer lo que quisieras.

-Eres joven aún- decías muy seguro de ti mismo.

-No hace falta cumplir años para tener un alma vieja- te replicaba.

Me besaste. Como si con besos se fusilaran las verdades. Ignorando mis palabras y aferrándote a mis labios.

Nos colmamos de caricias, sonreímos atardeceres y nos comimos muchas lunas llenas.

Pero llegó la tormenta y en mi paraguas no había sitio para ambos. Llámame egoísta, pero cuando se trata de dos, hace mucho aprendí que primero voy yo.

Y así, primero me fui yo. Rápidamente. Sin explicaciones ni despedidas. Para así dejar atrás un recuerdo bonito. Que de historias tristes está llena la vida.

Y yo ya llené mi vaso.

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El infinito se queda corto

mamiyyo

 

De nuevo, llego tarde. No te lo había dicho nunca, pero creo que esto de ser impuntual tiene algo de encanto. Porque si siempre llegas a la hora, al momento, a la situación esperada, comienzas a ser previsible. Y no hay nada más aburrido que alguien que no sorprende.

Pero conociéndote, después de escuchar esto, me sonreirás con ese gesto de “Hija ya me conozco tus excusas. Y aún así, sin entender bien cómo, te sigo queriendo”.

Así que no me queda otra que añadir este fallo temporal a la enorme lista de “lo sientos” que te debo. Te aconsejo que te prepares un café y te acomodes porque tienes lectura para rato…

Mamá, lo siento por usarte de despertador un sinfín de veces, por mis berrinches mañaneros, por arreglar mis desastres en secreto sin pedirme nada a cambio, por no ser todo lo detallista que debería ser contigo, por no dejarme aconsejar-cometer entonces el error-y volver de nuevo a tus brazos arrepentida, por pagar contigo mis problemas, por perder las llaves de casa (más de una vez) y despertarte de madrugada, cuando todos los gatos son pardos, para que me abras la puerta. Por todas esas noches en las que mientras yo estaba bailoteando y bebiendo, tú me esperabas en vela. Lo siento por todas las discusiones tontas que te he ocasionado, por llamarte a media mañana un día cualquiera y decirte que había estrellado el coche, por esas pequeñas mentiras que nunca sabrás que lo son, por todos los sustos que te he pegado a lo largo de estos años, por no decirte “Te quiero” tanto como mereces, por anteponer mi bienestar al tuyo-cual muchacha egoísta e imbécil-, por olvidarme de arreglar el cuarto, de hacerte un recado, de comprar el pan… Tantas y tantas veces.

Por sacarte en ocasiones más arrugas (ah no, mamá que tú de eso no tienes) que sonrisas.

Podría seguir, ni siquiera imaginas cuántos “lo sientos” me quedan, pero como veo que ya te estás aburriendo voy a pasar a la lista de agradecimientos y así alegrarte un poco.

Gracias mamá, en primer lugar, por haberme dado la vida. Gracias por comprenderme, por no atarme, por dejarme ser quien soy y aún así quererme como nadie. Gracias por haber evitado que matara a alguno de mis hermanos. Podría estar en prisión ahora mismo si no fuera por ti. Gracias por estos ojos bonitos que he heredado de ti. Por sonreírme siempre y abrazarme sin motivos. Por perdonarme sin ni siquiera yo pedirlo. Por todos esos piropos que me hacen sentir como una princesa. Por ser una madre joven y poder compartir ropa contigo, bueno más bien robártela a ti. Por preparar el mejor cocido del mundo. Por ser la niña de tus ojos y protegerme ante la vida. Gracias por mantener esta familia unida, tu bien sabes que si no estuvieras aquí cada miembro de la misma sería la pieza de un puzzle destrozado. Tú nos unes, mamá.

Gracias por no hacerme, cuando era un bebé, pendientes por miedo a hacerme daño, por todos esos regalos que me comprabas cada vez que me arrancaban algún diente para recolocarme mi desastrosa dentadura. Gracias por hacerme sentir especial, por ser tu favorita (aunque a los demás les digas lo mismo, yo sé que soy yo). Por animarme cada día a ser mejor persona, a continuar aprendiendo y a explotar todo lo que llevo dentro. Gracias por esa paciencia, en ocasiones milagrosa, que tienes conmigo.
Gracias por hablar sola, porque yo me río al escucharte. Por ser tan inocente, tan divertida, tan única y especial.

Millones de gracias mamá, porque ni en sueños puedo imaginar una madre mejor que tú. Estaré siempre orgullosa de descender de ti.

Te quiero. Y no existe palabra precisa para decirte la cantidad. El infinito se queda corto.

Tu pequeña Pulga.

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Fui la princesa más bonita

demonio

No pude mirarte a los ojos y decirte adiós. Supongo que no queda un bonito recuerdo tras esa palabra. Ni siquiera en ese último abrazo que se antoja eterno. Solo un vacío muy triste. Un hueco inmenso que seguramente me hubiera tragado entera.

Así que lo siento, pero fui incapaz de hacerlo. Preferí alejarme pensando que no hay puntos finales en la vida. Qué ilusa, ¿verdad?
Pero he decidido que me gusta más vivir en el mundo de los sueños y poder imaginar que aún sigues revoloteando a mi alrededor, desprendiendo ese olor que te hace único y sonriéndome con esos ojos, con esa boca, que me hacían sentir la princesa más bonita de todos los castillos inventados.

Porque he de reconocer, ahora que mi orgullo se ha rendido, que eres la mejor persona que he conocido. Que aunque no vayas de azul, eres el príncipe de todas las mujeres. Y que algún día, tu corazón será nombrado en el Libro Guinness de los Records, como el más enorme del mundo.

No puedo decirte adiós cuando aún quiero que te quedes. Cuando ahora que me he ido, ya te echo de menos.

Para mí siempre estarás.

 

Porque echar de menos
significa haber vivido,
y sufrir, haber amado.
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Grítame todas tus mañanas…

Debí perderme en tus ojos porque ahora no me encuentro. Todo huele a una nostalgia que se aproxima apresurada. A ganas de querer y no poder. Resulta que ahora más que nunca, la vida es una broma mal contada.
Porque no todo llega en su momento. Hay historias que se adelantan y otras que no acaban de escribirse. Éstas últimas son las que más odio. Las que se evaporan con el tiempo y dejan huella en otra vida paralela: la que pudo haber sido y nunca fue.

Y leo por ahí: “Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo.” Pues perdóneme Señor Universo, con todos los respetos, o usted no me ha escuchado bien o se lo pasa muy bien llevándome la contraria.

El caso es que soy de las que piensan que todo pasa por algo. Toda situación, relación, decisión, circunstancia… Tienen un por qué. Quizá la respuesta tarde en llegar, pero la habrá.

Mientras sentémonos a esperar. Y a soñar.
Porque dicen que cuando sueñas con alguien significa que esa persona te está llamando. Así que yo espero que me grites todas tus mañanas para soñarte cada una de mis noches.

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Las etiquetas, para Facebook

Por favor, no me etiquetes. Quiero decir, en las fotos del Facebook sí, pero en la vida real… Evítalo.
Sé que estamos llamados a eso. A poner un post-it invisible en la frente de cada persona que se nos cruza. Es algo impulsivo, inconsciente. Supongo que nos nace de la necesidad de querer saber más conociendo menos. Grave error, diría yo.

Qué sabes tú de mí y qué sé yo de ti. Poco más que los apellidos, me atrevería a decir. Y en cambio, nos sobran etiquetas. Absurdas ideas escogidas de apariencias inventadas.

Tampoco me llames experta ni cambies mi nombre por el de mi profesión. Porque te aseguro que yo, como el resto de vosotros, soy mucho más que eso.

Procura también, si no es mucho pedir, no juzgarme por una acción. Prefiero que hagas una media englobando todas, a que me destroces por una mala decisión. Porque en la lista de joder las cosas -situaciones, relaciones, sentimientos…- suelo ocupar siempre el primer puesto.

Y si alguna vez llegas a anclar tu alma en el fondo de mi corazón te estaré sumamente agradecida. Porque son pocas las personas que se atreven a indagar en las aguas más oscuras de mi océano y no se ahogan en el intento.

Toma, por si te hace falta, te dejo un salvavidas. Por si te cansas de nadar por mis arrecifes y necesitas un empujón.

Parece que no existen más personas
que aquellas que son igual que tú.
Si sigues las pisadas de un extraño
verás cosas que jamás soñaste ver…
-Pocahontas-

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Aunque tú ya no estés

Hace tres años ya que nos cruzamos por primera vez.
He estado intentando ignorar el calendario. Borrando las fechas a los días y tu nombre a mis recuerdos.
Despisté al pasado durante un tiempo y me vanaglorié. Hasta hoy.

Ha vuelto pisando fuerte. Analizando mi memoria y sonsacando de ella los detalles más precisos.
Como esa felicidad tonta que me inundó al mirarte. O aquella enorme sonrisa que me dedicaste; con la que perdí el Norte y encontré nuestro Sur.
Aparecen en fotogramas todas nuestras primeras veces. Como un sueño que se desvanece cada vez que ansío revivirlo.

Pero poco a poco destrozamos nuestras tierras conquistadas como fieras sin conciencia. Dejando tan sólo las migajas de tantas promesas rotas.

Y es tan curioso el tiempo que ahora, te miro a los ojos y ya no te veo. O quizás es que yo tampoco estoy ahí. Nos perdimos en la distancia, en otras vidas ajenas a la nuestra. Y así, sin darnos cuenta si quiera, borramos aquel destino que alguien escribió para nosotros.

Supongo que de esto trata la vida. De entregar el corazón sin medidas ni cláusulas de daños. Hasta que un día, desgastado de tanto dar, deje de latir.

Aunque tú no lo sepas,
he blindado mi puerta y al llegar la mañana,
no me di ni cuenta de que ya nunca estabas…
(Quique González)

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