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No me pidas permiso

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Ocurrió una mañana de primavera.

Alguien cruzó el umbral de mi casa. Sin llamar al timbre, sin despertar a los gatos que comienzan a moverse perezosos. Y sin siquiera llamar a la puerta, entró en la cocina, me preparó el mejor café del mundo y dejó unos churros recién hechos con una nota que rezaba así:

“Para que cuando te levantes, princesa, tus ojeras no sean tan tristes y tus bostezos se vuelvan hambrientos.”

Aquel día a mí se me escapó, no una sonrisa. Sino mil.

Ocurrió una tarde de la misma época.

El entró en casa sin avisar. Se dezcalzó evitando hacer ruido. Y con paciencia y voluntad se hizo un hueco en mi cuarto. En mi rutina, en mis recuerdos, en mi pensar, en la tinta con la que escribo en mi diario, en mis sueños… Se hizo dueño de todo aquello que yo nunca quise dar a nadie.

Volvió a ocurrir una noche de un cálido y nostálgico mayo.

Esta vez, él llamó a la puerta y yo no quise abrir. Porque cuando se quiere algo con pasión no hace falta pedir permiso, se hace con el corazón y punto. Así, yo esperé a que entraras, a que te saltaras las normas y sortearas, una vez más, todos los obstáculos que conducen a mis piernas.

Llegaste. No sólo a mis piernas. También a mi corazón.

Y ahora, me siento como Mafalda: Despeinada y feliz. Porque tal y como afirma ella, “besar a la persona que amas, despeina”.

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Cinco Paulaners, por favor

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-¿Qué le pongo, señorita?-
-Póngame una de alitas picantes y cinco Paulaners, por favor-.
-Pero… Si ha venido sóla. ¿Se las va a beber todas a la vez?-
-Sí hace falta, sí-.

Que me llame alcohólica si quiere, pero yo si bebo es siempre con vosotras. A pesar de los 5.000 km que nos separan estáis presentes.

Entre, sorbo y sorbo, escucho a la rubia de ojos almendrados y sonrisa picarona echándome la bronca por llegar tarde -otra vez-. Yo me callo y bajo la mirada. Como un perrito tristón que sabe que ha hecho mal. Maite sonríe mientras ejerce de abogada del diablo: “No vale la pena enfadarse, Reme es así”. Y ambas concluyen que vivo en otro planeta donde los relojes no existen. Mientras el sol se esconde, Nuri se bebe la vida en tragos largos de paulaners porque nuestras conversaciones picaronas la ruborizan. Es que ella, ya era princesa incluso antes de nacer. Y Elisa está más bonita que nunca. Sus ojos brillan y verla feliz nos hace felices al resto.

Me voy achispando poco a poco. Beberme cinco cervezas de golpe es lo que tiene. Y aquí, que quede constancia que no se volverá a repetir en mucho tiempo, es cuando rebano la corteza que cubre mi corazón y os digo que os quiero. Con locura, además.

A ti Uxue. Porque eres como una bonita casa que siempre tiene sus puertas abiertas. Y en el felpudo de la entrada pone: “Cuidado, en cuanto entres te vas a enamorar”.
Porque enamoras. Quien tiene la suerte de cruzarse con tu amistad sabe que, además de auténtica, eres para siempre.

A ti Maite. Porque eres la amiga que todo el mundo desea tener. Que escucha y aconseja, que ríe y hace reír, que ejerce de trabajadora social incluso cuando nos tambaleamos por la Cocina Vasca con unas copas de más. Eres el ángel de la guarda de nuestras cinco almas.

A ti Nuri. Porque eres la princesa más fuerte que conozco. No te hace falta vivir en castillos ni poseer las joyas más caras. Eres princesa por tu sencillez, por tu bondad. Porque nunca dejas de creer en los sueños y eso hace que el resto no abandonemos los nuestros.

A ti Elisa. Porque eres una superwoman. Cuidas a tu hijo, no faltas nunca al trabajo, te desvives por tu familia y además te las arreglas para tener un hueco para tus amigas. Por no olvidar, que siempre vas tan kuki vestida que a mí me dejas sin palabras. Yo, que rara vez sé en qué día vivo, que llevo calcetines distintos por que nunca encuentro la pareja, te admiro.

Vosotras dibujáis arcoiris en ese planeta en el que vivo donde no existen los relojes.

-Y ahora si puede camarero…La cuenta, por favor-
-Aquí la tiene. ¿Ya se va?-
-Sí, los chupitos de anís los dejamos mejor para otra noche-.

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El infinito se queda corto

mamiyyo

 

De nuevo, llego tarde. No te lo había dicho nunca, pero creo que esto de ser impuntual tiene algo de encanto. Porque si siempre llegas a la hora, al momento, a la situación esperada, comienzas a ser previsible. Y no hay nada más aburrido que alguien que no sorprende.

Pero conociéndote, después de escuchar esto, me sonreirás con ese gesto de “Hija ya me conozco tus excusas. Y aún así, sin entender bien cómo, te sigo queriendo”.

Así que no me queda otra que añadir este fallo temporal a la enorme lista de “lo sientos” que te debo. Te aconsejo que te prepares un café y te acomodes porque tienes lectura para rato…

Mamá, lo siento por usarte de despertador un sinfín de veces, por mis berrinches mañaneros, por arreglar mis desastres en secreto sin pedirme nada a cambio, por no ser todo lo detallista que debería ser contigo, por no dejarme aconsejar-cometer entonces el error-y volver de nuevo a tus brazos arrepentida, por pagar contigo mis problemas, por perder las llaves de casa (más de una vez) y despertarte de madrugada, cuando todos los gatos son pardos, para que me abras la puerta. Por todas esas noches en las que mientras yo estaba bailoteando y bebiendo, tú me esperabas en vela. Lo siento por todas las discusiones tontas que te he ocasionado, por llamarte a media mañana un día cualquiera y decirte que había estrellado el coche, por esas pequeñas mentiras que nunca sabrás que lo son, por todos los sustos que te he pegado a lo largo de estos años, por no decirte “Te quiero” tanto como mereces, por anteponer mi bienestar al tuyo-cual muchacha egoísta e imbécil-, por olvidarme de arreglar el cuarto, de hacerte un recado, de comprar el pan… Tantas y tantas veces.

Por sacarte en ocasiones más arrugas (ah no, mamá que tú de eso no tienes) que sonrisas.

Podría seguir, ni siquiera imaginas cuántos “lo sientos” me quedan, pero como veo que ya te estás aburriendo voy a pasar a la lista de agradecimientos y así alegrarte un poco.

Gracias mamá, en primer lugar, por haberme dado la vida. Gracias por comprenderme, por no atarme, por dejarme ser quien soy y aún así quererme como nadie. Gracias por haber evitado que matara a alguno de mis hermanos. Podría estar en prisión ahora mismo si no fuera por ti. Gracias por estos ojos bonitos que he heredado de ti. Por sonreírme siempre y abrazarme sin motivos. Por perdonarme sin ni siquiera yo pedirlo. Por todos esos piropos que me hacen sentir como una princesa. Por ser una madre joven y poder compartir ropa contigo, bueno más bien robártela a ti. Por preparar el mejor cocido del mundo. Por ser la niña de tus ojos y protegerme ante la vida. Gracias por mantener esta familia unida, tu bien sabes que si no estuvieras aquí cada miembro de la misma sería la pieza de un puzzle destrozado. Tú nos unes, mamá.

Gracias por no hacerme, cuando era un bebé, pendientes por miedo a hacerme daño, por todos esos regalos que me comprabas cada vez que me arrancaban algún diente para recolocarme mi desastrosa dentadura. Gracias por hacerme sentir especial, por ser tu favorita (aunque a los demás les digas lo mismo, yo sé que soy yo). Por animarme cada día a ser mejor persona, a continuar aprendiendo y a explotar todo lo que llevo dentro. Gracias por esa paciencia, en ocasiones milagrosa, que tienes conmigo.
Gracias por hablar sola, porque yo me río al escucharte. Por ser tan inocente, tan divertida, tan única y especial.

Millones de gracias mamá, porque ni en sueños puedo imaginar una madre mejor que tú. Estaré siempre orgullosa de descender de ti.

Te quiero. Y no existe palabra precisa para decirte la cantidad. El infinito se queda corto.

Tu pequeña Pulga.

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“Quizá haya diferentes maneras de ser valiente.
¿Sabías que los franceses tienen las mejores palomas mensajeras?
Y esa puede ser la diferencia en la guerra… Que ellas transmitan nuestros mensajes.
Las sueltan en el frente y les dicen que se vayan a casa.
Eso es todo lo que saben. Pero para llegar allá necesitan volar por encima de una guerra.
¿Te imaginas semejante cosa?
Que estás volando por encima de tantísimo dolor y terror y sabes que no puedes mirar hacia abajo.
Tienes que mirar hacia el frente o nunca llegarás a casa.
Así que yo te pregunto: ¿Qué requiere de más valor que eso?”

War Horse

Me faltan alas

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Valores embolsados

No hay euros suficientes en este mundo -ni dólares, pesos, lempiras o cualquier otra moneda que me venga a la mente- con la que comprarte. Sería imposible pagar un precio por esa satisfacción que se siente al escuchar, aunque sea a 500 km de distancia, la voz de alguien que te entiende.

Muchas veces he oído que la familia es la que le toca a cada uno, pero que a los amigos se les elige. Yo prefiero pensar que apareciste de repente y ocupaste una silla que ni siquiera sabía que existía en el desfile de mi vida. Y no me hizo falta analizar tu sangre para saber que YA eras familia.

Porque sé que puedo elegir un vestido, unos tacones rojos o negros, una casa con terraza o el próximo coche que me compre. Pero elegirte a ti, amiga, eso no es posible. Tengo la extraña teoría de que las mejores cosas de la vida no se escogen, simplemente aparecen sin opción a rechazarlas.

Debo decirte, aunque suene a tópico manoseado, que tú no tienes precio. Tienes valor, uno tan alto que si el mismísimo Bill Gates se enterara algún día, estaría celoso por no poder tenerte.

Así que mientras los ricos malgastan su dinero, yo me embolsaré todos esos lujosos momentos que personas como tú me ponen en bandeja.

Que yo también comparto los mismos miedos,
también busco una cinta para atar el tiempo.
También arrastro conmigo una cadena de sueños…

Ismael Serrano
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