Cinco Paulaners, por favor

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-¿Qué le pongo, señorita?-
-Póngame una de alitas picantes y cinco Paulaners, por favor-.
-Pero… Si ha venido sóla. ¿Se las va a beber todas a la vez?-
-Sí hace falta, sí-.

Que me llame alcohólica si quiere, pero yo si bebo es siempre con vosotras. A pesar de los 5.000 km que nos separan estáis presentes.

Entre, sorbo y sorbo, escucho a la rubia de ojos almendrados y sonrisa picarona echándome la bronca por llegar tarde -otra vez-. Yo me callo y bajo la mirada. Como un perrito tristón que sabe que ha hecho mal. Maite sonríe mientras ejerce de abogada del diablo: “No vale la pena enfadarse, Reme es así”. Y ambas concluyen que vivo en otro planeta donde los relojes no existen. Mientras el sol se esconde, Nuri se bebe la vida en tragos largos de paulaners porque nuestras conversaciones picaronas la ruborizan. Es que ella, ya era princesa incluso antes de nacer. Y Elisa está más bonita que nunca. Sus ojos brillan y verla feliz nos hace felices al resto.

Me voy achispando poco a poco. Beberme cinco cervezas de golpe es lo que tiene. Y aquí, que quede constancia que no se volverá a repetir en mucho tiempo, es cuando rebano la corteza que cubre mi corazón y os digo que os quiero. Con locura, además.

A ti Uxue. Porque eres como una bonita casa que siempre tiene sus puertas abiertas. Y en el felpudo de la entrada pone: “Cuidado, en cuanto entres te vas a enamorar”.
Porque enamoras. Quien tiene la suerte de cruzarse con tu amistad sabe que, además de auténtica, eres para siempre.

A ti Maite. Porque eres la amiga que todo el mundo desea tener. Que escucha y aconseja, que ríe y hace reír, que ejerce de trabajadora social incluso cuando nos tambaleamos por la Cocina Vasca con unas copas de más. Eres el ángel de la guarda de nuestras cinco almas.

A ti Nuri. Porque eres la princesa más fuerte que conozco. No te hace falta vivir en castillos ni poseer las joyas más caras. Eres princesa por tu sencillez, por tu bondad. Porque nunca dejas de creer en los sueños y eso hace que el resto no abandonemos los nuestros.

A ti Elisa. Porque eres una superwoman. Cuidas a tu hijo, no faltas nunca al trabajo, te desvives por tu familia y además te las arreglas para tener un hueco para tus amigas. Por no olvidar, que siempre vas tan kuki vestida que a mí me dejas sin palabras. Yo, que rara vez sé en qué día vivo, que llevo calcetines distintos por que nunca encuentro la pareja, te admiro.

Vosotras dibujáis arcoiris en ese planeta en el que vivo donde no existen los relojes.

-Y ahora si puede camarero…La cuenta, por favor-
-Aquí la tiene. ¿Ya se va?-
-Sí, los chupitos de anís los dejamos mejor para otra noche-.

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En los bares, a veces, huele a tragedia

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Se la escucha ahora taciturna y la soledad se ha acurrucado en sus ojeras. Ha adelgazado y ya no sonríe al cruzarse con la vida. No hay ritmo en sus andares ni curvas en sus caderas. Su pelo cae derrotado sobre sus hombros y de donde surgían rizos tan sólo quedan mechones lacios y apagados.

Ahora pasea por los bares y se bebe las canciones de par en par. Desaparece en el fondo de un whisky cualquiera, se cambia de ropa y vuelve al escenario luciendo un disfraz de embriagada felicidad.

Cuando la luna está a punto de acostarse y en los bares ya huele a tragedia; ella saca sus armas y juega a la ruleta rusa.  Cae así, cada amanecer, una víctima nueva sobre su lecho. Un nuevo corazón que acompañe los pocos latidos que le quedan al suyo.

Al terminar, le echa a patadas con un cigarro entre sus labios y ninguna educación en sus palabras.

Vuelve a acurrucarse, entonces, la soledad en sus ojeras.

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Empecemos de cero

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Empecemos de cero.

Como si tú no supieras que el color de mis ojos cambia cuando me besas. O como si yo ignorara que te vuelves loco si paseo mis manos por tu pelo.

Hagamos como que no nos conocemos. Que tú no sabes que me encanta ir al cine y elegir estratégicamente todas las chuches que voy a engullir. Que me chiflan las moras rojas y que, siempre siempre, dejo el chocolate para el final. Que yo tampoco sé que tienes un gusto nefasto para las gominolas.

Que incluso para eso, somos polos opuestos.

Riámonos por primera vez. Juntos. Tú de las caras que pongo cuando algo no me gusta y yo, de esas payasadas que parodias cuando estamos los dos solos.

Llámame “bonita” si me enfado. Como si no supieras que es la palabra mágica para que se me pasen los nubarrones.

Emborrachémonos como jovenzuelos inocentes. Róbame el primer beso con el whisky de tu boca, que yo te entrego sin claúsulas toda la ginebra que emane de mis labios.

Cógeme de la mano, como si no supieras que me hace feliz que arropes mi palma con tus dedos magullados.

Y hazme el amor, como si tus huellas dactilares no estuvieran ya marcadas en todos mis rincones. Como si nunca antes hubieras tocado el cielo. Que yo me encargaré de convertirte en el rey de mis caderas.

 

Mírame como si fuera la última vez. Porque quizás, sólo así, me mires como aquella primera vez.

 

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Costumbres infantiles

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Hubo un momento en que dejé de hacerlo.

Tengo ese recuerdo nítido, como si fuera ayer y no hace más de dos décadas.

Estaba en el autobús, agarrada a una barandilla, tarareando en mi cabeza canciones felices. Melodías de niño. En un semáforo en rojo levanté la cabeza y abrí con mis ojos un pasadizo entre mi flequillo, y la miré. Supongo que aún tendría esa mirada inocente que suelen encantar a los mayores. Aunque vete tú a saber, porque yo de angelical, después de los cinco años, creo que lo perdí todo. El caso es que abrí bien mis párpados y le dediqué la mejor de mis sonrisas.

Tenía esa costumbre.

Mis padres siempre me habían dicho que no debía hablar con desconocidos. Pero, oye, nadie me prohibió nunca sonreírles. Así que lo tomé por afición. Era como arrebatar a los transeúntes, por un momento, aunque sólo fuera un segundo, su tristeza y cambiarla por una mínima alegría. Y así, me iba ganando pedazos de cielo.

Solía volver a casa del colegio y mi madre me decía: “Hija, ¿te has portado bien?”, y yo pensaba en la de sonrisas que había provocado y le contestaba muy orgullosa: “Mami, he sido la mejor”, (en aquella época tampoco tenía abuela).

Pero aquella vez fue distinto. Mantuve mi sonrisa un buen rato y la mujer me miró extrañada. Como si no entendiera que aquél gesto era gratis, que no quería nada a cambio. Se dio la vuelta y se cobijó en el asiento más lejano que había. Y entre parada y parada la veía por la mirilla de mi pupila observándome cual bicho raro.

Así que sí, dejé de hacerlo. Dejé de sonreír por miedo a asustar a las personas.

Irónico, ¿verdad?

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Si tú me dices ven…

Pies

Que no puedo ser  tu amor, ni tu amada. Tampoco sirvo de musa ni  princesa. Soy más de llevar escudo y espada; menos de peinarme y llevar bisutería.

Te avisé. Y quien avisa no es Judas. Que el corazón ya lo perdí en alguna de mis guerras. Tú reías y yo te dejé, inocente, creer lo que quisieras.

-Eres joven aún- decías muy seguro de ti mismo.

-No hace falta cumplir años para tener un alma vieja- te replicaba.

Me besaste. Como si con besos se fusilaran las verdades. Ignorando mis palabras y aferrándote a mis labios.

Nos colmamos de caricias, sonreímos atardeceres y nos comimos muchas lunas llenas.

Pero llegó la tormenta y en mi paraguas no había sitio para ambos. Llámame egoísta, pero cuando se trata de dos, hace mucho aprendí que primero voy yo.

Y así, primero me fui yo. Rápidamente. Sin explicaciones ni despedidas. Para así dejar atrás un recuerdo bonito. Que de historias tristes está llena la vida.

Y yo ya llené mi vaso.

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El infinito se queda corto

mamiyyo

 

De nuevo, llego tarde. No te lo había dicho nunca, pero creo que esto de ser impuntual tiene algo de encanto. Porque si siempre llegas a la hora, al momento, a la situación esperada, comienzas a ser previsible. Y no hay nada más aburrido que alguien que no sorprende.

Pero conociéndote, después de escuchar esto, me sonreirás con ese gesto de “Hija ya me conozco tus excusas. Y aún así, sin entender bien cómo, te sigo queriendo”.

Así que no me queda otra que añadir este fallo temporal a la enorme lista de “lo sientos” que te debo. Te aconsejo que te prepares un café y te acomodes porque tienes lectura para rato…

Mamá, lo siento por usarte de despertador un sinfín de veces, por mis berrinches mañaneros, por arreglar mis desastres en secreto sin pedirme nada a cambio, por no ser todo lo detallista que debería ser contigo, por no dejarme aconsejar-cometer entonces el error-y volver de nuevo a tus brazos arrepentida, por pagar contigo mis problemas, por perder las llaves de casa (más de una vez) y despertarte de madrugada, cuando todos los gatos son pardos, para que me abras la puerta. Por todas esas noches en las que mientras yo estaba bailoteando y bebiendo, tú me esperabas en vela. Lo siento por todas las discusiones tontas que te he ocasionado, por llamarte a media mañana un día cualquiera y decirte que había estrellado el coche, por esas pequeñas mentiras que nunca sabrás que lo son, por todos los sustos que te he pegado a lo largo de estos años, por no decirte “Te quiero” tanto como mereces, por anteponer mi bienestar al tuyo-cual muchacha egoísta e imbécil-, por olvidarme de arreglar el cuarto, de hacerte un recado, de comprar el pan… Tantas y tantas veces.

Por sacarte en ocasiones más arrugas (ah no, mamá que tú de eso no tienes) que sonrisas.

Podría seguir, ni siquiera imaginas cuántos “lo sientos” me quedan, pero como veo que ya te estás aburriendo voy a pasar a la lista de agradecimientos y así alegrarte un poco.

Gracias mamá, en primer lugar, por haberme dado la vida. Gracias por comprenderme, por no atarme, por dejarme ser quien soy y aún así quererme como nadie. Gracias por haber evitado que matara a alguno de mis hermanos. Podría estar en prisión ahora mismo si no fuera por ti. Gracias por estos ojos bonitos que he heredado de ti. Por sonreírme siempre y abrazarme sin motivos. Por perdonarme sin ni siquiera yo pedirlo. Por todos esos piropos que me hacen sentir como una princesa. Por ser una madre joven y poder compartir ropa contigo, bueno más bien robártela a ti. Por preparar el mejor cocido del mundo. Por ser la niña de tus ojos y protegerme ante la vida. Gracias por mantener esta familia unida, tu bien sabes que si no estuvieras aquí cada miembro de la misma sería la pieza de un puzzle destrozado. Tú nos unes, mamá.

Gracias por no hacerme, cuando era un bebé, pendientes por miedo a hacerme daño, por todos esos regalos que me comprabas cada vez que me arrancaban algún diente para recolocarme mi desastrosa dentadura. Gracias por hacerme sentir especial, por ser tu favorita (aunque a los demás les digas lo mismo, yo sé que soy yo). Por animarme cada día a ser mejor persona, a continuar aprendiendo y a explotar todo lo que llevo dentro. Gracias por esa paciencia, en ocasiones milagrosa, que tienes conmigo.
Gracias por hablar sola, porque yo me río al escucharte. Por ser tan inocente, tan divertida, tan única y especial.

Millones de gracias mamá, porque ni en sueños puedo imaginar una madre mejor que tú. Estaré siempre orgullosa de descender de ti.

Te quiero. Y no existe palabra precisa para decirte la cantidad. El infinito se queda corto.

Tu pequeña Pulga.

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Algunos somos libres, otros prefieren no serlo

blog

Tengo esas ganas locas de cogerte y sacudirte. Como a un muñeco de tela, desgastado y hecho polvo.
Quiero arrancarte todos tus miedos de un mordisco y coserte un par de alas para ver si así, te animas a volar.
Porque la vida no espera a los indecisos. De hecho, se ríe de ellos y los llama, en secreto, cobardes.

Y a mi me encantaría sentarme al borde del abismo en el que estás y empujarte hacia delante. Porque estás atrapado, estancado, paralizado, aprisionado… Podría darte mil sinónimos más, pero creo que, como todas estas palabras, servirían más bien de poco.

Resulta que al final, como bien escrito está en mi nuca, cada uno es amo de su destino. Y por mucho que yo haga o quiera hacer, por mucho que desee hacerte cambiar de opinión o situación, la grandeza de cada persona está en que somos libres para elegir.

Así que si quieres, quédate pensando que el cementerio está lleno de valientes. Eso te tranquilizará. Pero ojo, porque la vida está repleta de muertos vivientes. De conformistas suicidas.

You’ve got the moon,
I’ve got the shine.

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Siempre fui un poco pirómana

yop

-A mí me pasó aquello una vez-.

-El qué, explícate-.

-Pues eso, no parar de recordar el pasado. No avanzar.
Tenía esa sensación de cuando sales de un coche, cierras la puerta,
intentas andar y la camiseta o el abrigo se han quedado enganchados
y no puedes alejarte del maldito coche-.

-Y qué hiciste, ¿para dejar de sentirte así?-.

-Muy sencillo, quemé el coche y toda la puta ropa que llevaba encima. Me quedé ahí, en medio de la calle. Desnuda y tan feliz-.

-Eres una jodida pirómana-.

-Eso dicen por ahí…-.

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Entre sueño y sueño

tazas

Echo de menos abandonar al tiempo en alguna gasolinera que nos pille de paso.
Perdernos por algún camino oscuro y hacer un trío con la luna. Que me enciendas con tus manos y me abrases con tus besos. Y al caer dormidos, rezar para que la rutina no nos alcance al amanecer.

Al llegar la mañana, prepararte un café, de esos que huelen a historia y oírte bostezar un “Buenos días, princesa” con esos ojos perezosos.
Deambular más tarde, por algún pueblo perdido. Como Adán y Eva, pero felices de haber pecado tanto.

Que me mires y sonrías. Que te mire y se me pare, por un instante, el corazón.

Achisparnos con unos gin tonics y contarnos, entre calada y calada, nuestros secretos más oscuros. Y cuando la noche vuelva a sorprendernos, cruzar los dedos para que las horas se tropiecen y nos concedan unos besos de más. Dormirnos, bajo el cobijo de estrellas, soñando que el mañana nunca llega.

Soñando que nunca despertamos de ese sueño.

Supongo que no quise volver nunca.
Y que una parte de mí se quedo allí.
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Caminante, hay tantos caminos…

 

corazones

 

-Lo siento, pero no me sale- dijo sincera.

-Entonces, no me quieres ¿no? Porque si no lo dirías sin más. No es tan difícil, yo te lo digo cada dos por tres- rebatió.

-No es que no lo sienta. Pero nunca ha sido mi estilo. No me siento cómoda diciendo cosas que ya sabes de sobra…- contestó ella seria.

-Y cómo lo voy a saber si te asusta tanto decir “TE QUIERO”. Son dos años de relación y aún te pones nerviosa cuando saco el tema-.

Ella se sentó pensativa. Sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Siempre fumaba en momentos tensos. Prefería tintar sus pulmones de un enfermizo negro a morderse las uñas.
En la tercera calada, abrió la boca y estalló:

-¿Conoces esa sensación de despertarte una mañana lluviosa y sonreír porque hay alguien por quien merece la pena hacerlo?, ¿te has tropezado alguna vez en una esquina cualquiera con un perfume y te has reído en silencio al ver que tenía nombre, apellido y mil recuerdos en su aroma?, ¿has perdido la razón frente al corazón?, ¿has querido tanto que cuando querías expresarlo, parecía que el mundo entero se paraba y que las palabras se ahogaban porque temían salir y caer al vacío?-.

Hubo un silencio. Largo. Eterno.

-Eso es lo que yo siento. Espero que te sirva-.

Apagó el cigarrillo. Él se acerco, la abrazó y le susurró:

-Por eso, te quiero. Por rebuscar mil maneras distintas de decirme que me quieres.

 

Les hablo de ese amor que llega y toca
el alma con su magia en desmedida
de ese, que por el beso de una boca
se juega sin pensar…hasta la vida.

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