Archivos Mensuales: diciembre 2013

El genio de mi lámpara

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Hoy me he encontrado contigo. En otra ciudad, en otro país, en otro continente. En otro cuerpo que no era el tuyo, pero que olía a ti.
Me han atacado por la espalda los recuerdos más exquisitos de nuestro haber juntos. Como aquella vez en la que mi yo pasado -más enamoradizo y espontáneo- te dijo: “¿Sabes? Lo que más me gusta de ti es tu colonia” mientras te abrazaba.

Tú reías y contestabas irónico: “Pues menuda suerte la mía. Procuraré entonces tener siempre un bote de reserva.” Y así me abalanzaba apasionada no a tus labios, si no hacia tu cuello. Y aspirando ese aroma único me mecía en la más bonita seguridad que jamás había construido en mi vida. Como si fuese un barco que llega por fin a buen puerto y descansa, satisfecho y acomodado en ese vaiven tranquilo y estable de las olas.

Un día de esos, cuando la marea continuaba baja, me regalaste las últimas gotas de tu colonia. Por supuesto ya tenías un nuevo ejemplar en casa. Pero ése, era especial, decías. Será mágico, porque cuando me halle lejos la olerás y volveré contigo. Como el genio de la lámpara, pero sin frotar. Estabas gracioso, sí sí.

No sé si fue lo cegada que estaba de amor pero me lo creí sin rechistar y guardé aquel tesoro en mi estantería de cosas bonitas.

A día de hoy no me he atrevido a abrirlo. A veces lo miro de reojo y juraría que él también lo hace. Como quien ansía saltar al vacío pero teme sus consecuencias. Olerte de nuevo, en mi casa, en mi cuarto, en mi cama, supondría en otras palabras destapar la caja de Pandora. Destrozar mi biografía otra vez. Olvidar que olvidé todo y tener que retomar esa ardua tarea de barrer al rincón más apartado un pasado que por mi culpa nunca llegó a ser futuro. Un nosotros que ni siquiera roza ya el presente.

Así que supongo que la frase “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma” ha cobrado pleno significado esta mañana en el supermercado cuando mi olfato se ha revolucionado. Y he sentido cómo, con cada latido, entraban como misiles todos esas excusas que usé para alejarme: “No estoy preparada, quizás cuando asiente la cabeza, no sé qué quiero hacer con mi vida, no es el momento adecuado…”. Todas esas frases que algún listo se inventó para huir del compromiso. Para cerrar de un portazo la boca a la rutina.

Y que el resto de listos hemos ido utilizando a lo largo de los siglos para evitar confesar lo que realmente pensamos. Bueno, en mi caso, lo que pienso. Mejor no incluir más culpables a esta confesión personal.

Aquí va:

No es que no esté preparada, es que no quiero estarlo. Porque soy egoísta y me quiero más a mí de lo que podría haberte querido a ti.
No es que tenga que asentar la cabeza, es que no quiero hacerlo. Si eso significa comprar una casa, casarme, conseguir un trabajo estable y monótono, tener hijos y dedicarme de lleno a una rutina que ahora mismo encuentro vacía de sentido.
No es que no sepa qué quiero hacer con mi vida, es que sé lo que no quiero. No quiero que me venzan los años sin haber viajado lo suficiente, sin haber reído, sin haber conocido, aprendido, amado, bailado, cantado, comprendido, experimentado… Lo suficiente.

No es que no sea el momento, es que, seguramente por mucho que me duela aceptarlo, yo no soy la persona adecuada para ti. Y esperemos, que tú tampoco la seas para mí.

Pero a pesar de todo. A pesar de que corra a contracorriente, de que no me entiendas y me culpes, de que me pierda en otras vidas y no me encuentres… Siempre serás mi colonia preferida. Mi genio de la lámpara.

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Quería hacerte feliz un lunes por la mañana

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Quería darte los buenos días en persona y con abrazos.
Sorprenderte con un desayuno delicioso. De esos elegantes y apetitosos que sólo preparan las mujeres perfectas.
Aparecer en tu cama con un camisón sexy y la cara bonita; como si el sueño no pasara factura por mis ojeras.
Acercarme a ti, sigilosa. Susurrarte un buenos días y comerte a besos.

Y mientras, que en la calle se escuchasen pajaritos cantando y al sol empezando a bostezar sus primeros rayos.

Quería hacerte feliz un lunes por la mañana.

Pero en mis despertares siempre quedan restos del sábado. De ojeras amontonadas y sueños apilados en bostezos. Además, nunca desayuno. No me gusta el café ni el zumo de naranja. Soy más de una tostada de nocilla a media mañana, cuando ya no me cuesta tanto articular palabras y puedo incluso sonreír.

Odio a esos seres a los que les encanta ir por la vida madrugando. Van por ahí recitando frases hechas: “¡Hoy es el primer día del resto de tu vida!, ¡Vamos a empezar con energía!, ¡Buenos y bonitos días!” a las seis de la mañana.

Esos malditos, ¿de dónde han salido? A veces he pensado seriamente que son robots. Porque no conozco a nadie que no se levante con el corazón roto un lunes por la mañana.

Así que no puedo prometerte los más bonitos despertares. Porque no me levanto con cara bonita, no sé preparar cafés espumosos, no tengo buen humor y mis besos por la mañana son más bien perezosos y tristones. Y para qué engañarnos, a esas horas los pajaritos y el sol aún siguen durmiendo.

Lo que sí puedo prometerte es que haré todo lo que esté en mi mano por regalarte los mejores buenas noches de la historia.

Te prometo guardar mis sonrisas del día para nuestras noches de sofá y película. Prometo entregarte todas las caricias que guardé en la mesilla de noche y regalarte todos los besos que escondí tras el manto de la luna.

Y ya cuando la oscuridad reine en tus pupilas y estés soñando más dormido que despierto, prometo juntar tu cuerpo al mío. Despertarte con deseo y hacerte entonces soñar más despierto que dormido.

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