Archivos Mensuales: septiembre 2013

Empecemos de cero

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Empecemos de cero.

Como si tú no supieras que el color de mis ojos cambia cuando me besas. O como si yo ignorara que te vuelves loco si paseo mis manos por tu pelo.

Hagamos como que no nos conocemos. Que tú no sabes que me encanta ir al cine y elegir estratégicamente todas las chuches que voy a engullir. Que me chiflan las moras rojas y que, siempre siempre, dejo el chocolate para el final. Que yo tampoco sé que tienes un gusto nefasto para las gominolas.

Que incluso para eso, somos polos opuestos.

Riámonos por primera vez. Juntos. Tú de las caras que pongo cuando algo no me gusta y yo, de esas payasadas que parodias cuando estamos los dos solos.

Llámame “bonita” si me enfado. Como si no supieras que es la palabra mágica para que se me pasen los nubarrones.

Emborrachémonos como jovenzuelos inocentes. Róbame el primer beso con el whisky de tu boca, que yo te entrego sin claúsulas toda la ginebra que emane de mis labios.

Cógeme de la mano, como si no supieras que me hace feliz que arropes mi palma con tus dedos magullados.

Y hazme el amor, como si tus huellas dactilares no estuvieran ya marcadas en todos mis rincones. Como si nunca antes hubieras tocado el cielo. Que yo me encargaré de convertirte en el rey de mis caderas.

 

Mírame como si fuera la última vez. Porque quizás, sólo así, me mires como aquella primera vez.

 

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Costumbres infantiles

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Hubo un momento en que dejé de hacerlo.

Tengo ese recuerdo nítido, como si fuera ayer y no hace más de dos décadas.

Estaba en el autobús, agarrada a una barandilla, tarareando en mi cabeza canciones felices. Melodías de niño. En un semáforo en rojo levanté la cabeza y abrí con mis ojos un pasadizo entre mi flequillo, y la miré. Supongo que aún tendría esa mirada inocente que suelen encantar a los mayores. Aunque vete tú a saber, porque yo de angelical, después de los cinco años, creo que lo perdí todo. El caso es que abrí bien mis párpados y le dediqué la mejor de mis sonrisas.

Tenía esa costumbre.

Mis padres siempre me habían dicho que no debía hablar con desconocidos. Pero, oye, nadie me prohibió nunca sonreírles. Así que lo tomé por afición. Era como arrebatar a los transeúntes, por un momento, aunque sólo fuera un segundo, su tristeza y cambiarla por una mínima alegría. Y así, me iba ganando pedazos de cielo.

Solía volver a casa del colegio y mi madre me decía: “Hija, ¿te has portado bien?”, y yo pensaba en la de sonrisas que había provocado y le contestaba muy orgullosa: “Mami, he sido la mejor”, (en aquella época tampoco tenía abuela).

Pero aquella vez fue distinto. Mantuve mi sonrisa un buen rato y la mujer me miró extrañada. Como si no entendiera que aquél gesto era gratis, que no quería nada a cambio. Se dio la vuelta y se cobijó en el asiento más lejano que había. Y entre parada y parada la veía por la mirilla de mi pupila observándome cual bicho raro.

Así que sí, dejé de hacerlo. Dejé de sonreír por miedo a asustar a las personas.

Irónico, ¿verdad?

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