¡Felicidades Papá!

niño en el agua

Recuerdo como si aún fuese una renacuaja aquel domingo de verano.
A uno de los hermanos le estabas enseñando a tirarse de cabeza en la piscina del pueblo. Bueno a él y a todos sus amigos. Porque había una fila india al borde de aquella olímpica llena de críos entusiasmados por lograr un salto perfecto. Incluso el socorrista miraba intrigado a qué se debía tanto jaleo. Claro, él no era consciente de que tú siempre fuiste un niño más vestido en un cuerpo adulto. Y de ahí que atrajeras la atención de todos los enanos.

Y ahí estaba yo. Una enana más, sentadita al borde observando el desfile de niños que se hundían en el agua. Había aplausos, burlas, chillos… Pero yo me mantenía al margen. Era demasiado pequeña y tú siempre me protegías más que al resto de los hermanos. Aún hoy me sigues diciendo: “Tú eres mi única niña, a los otros ya los tengo repetidos”. Y yo siempre intento obedecer pero papá, en esta vida, sólo sobresalen los rebeldes.

Así que aquella tarde, envidiosa por no participar en el circuito acuático, decidí imitarles. Aprovechando que otro de los niños iba a saltar y todos los ojos estaban puestos sobre él, me levanté y coloqué mis pies rozando el agua. Me incliné tal y como les habías enseñado a los “mayores” y salté a embestir el agua.

Unos segundos más tarde, mi cabeza se asomó por encima del agua. Pensé que nadie se habría dado cuenta porque era muy chiquitita. La “pulguita” me llamabas (bueno hoy en día aún me llamas así y eso que ya tengo 25 años y mido casi lo mismo que tú). Pero al sacar mis ojos del agua me di cuenta de lo confundida que estaba. Los veinte críos me miraban asombrados. “Mira, una niña lo ha hecho mejor que tú, marica…”, vacilaban unos a otros.

Pero lo que recuerdo nítidamente por encima de todo fue tu enorme sonrisa. “¡Pulguita! ¡Pero qué valiente has sido y qué bien lo has hecho!”, me decías una y otra vez. Y yo creo que salí flotando del agua porque debía parecer un globo aerostático de lo hinchada de orgullo que estaba. Me acerqué a ti tímida y tú me abrazaste diciendo: “¡Esa es mi pulguita!”.

Y juntos, aquella tarde de verano, nos comimos el mundo entero.

Así que hoy, como mínimo, debo darte las gracias por ser mi padre. Porque si me pusiera a escribir en papel sobre todo lo que me has enseñado no habría árboles suficientes en el mundo.

Me enseñaste a nadar, así que ahora, con el agua al cuello, no me ahogo.

Hoy debería ser fiesta Nacional. O Mundial. No porque queramos “escaquearnos” del trabajo (que también), sino porque es un GRAN día para ti.

¡Felicidades Papá!

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