Carpe Diem, pequeña…

Enterramos el mundo en la azotea. Con una botella de vino blanco en las manos y la ciudad a nuestros pies.
La luna brillaba desnuda. Tan coqueta ella…

Tú sonreíste y yo aparté la mirada. No quería más de esas, ya había demasiadas atragantadas en mi corazón.
Acariciaste mi mejilla y susurraste al viento: “Carpe Diem, pequeña…”.

Y yo, tan sólo pude estallar:
-No hay Carpe Diem que valga. Incluso la luna sabe que mañana volverá. Pero tú, tú juegas al escondite cada vez que me doy la vuelta. Y te excusas con frases hechas. Utopías que no se cree ni Gandhi. Y, ¿sabes qué? Que ya estoy harta.

Porque es injusto que destruyas mis fronteras con un bombardeo de sonrisas, que deje mis horas pendiendo en cada una de tus pestañas como si fueran todas tuyas. Que amplie mi paciencia hasta límites exagerados sólo por volver a ese maldito Carpe Diem del que hablas. Que corra como una chiquilla a tu encuentro y haga bailar mi vida al ritmo de tus pisadas.

Es injusto que me enamore de alquien que olvidó lo que es amar-.

Terminé el monólogo y apagué el cigarro. Me levanté sin mirarle, evitando traicionar a mis palabras, y me fui. Segundos más tarde comenzó a llover. Se ahogaron en aquella azotea todas mis ilusiones.

Adiós Carpe Diem.

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Un pensamiento en “Carpe Diem, pequeña…

  1. Peio dice:

    Decía que solo hay carpe diem. Para él, lo demás estaba por llegar o ya pasó, incluso cuando dejas de compartir tu vida sigues dentro del carpe diem. Las horas son un juego, vivir al momento es la meta, soñar es regalar el tiempo al infinito. No estaba dispuesto a eso. Su elocuencia ponía a luchar cada una de sus neuronas para colocarlo sentado encima de todos los minutos. Su filosofía era la de vivir la vida de verdad, sentir cada gramo de vida corriéndole por las venas.

    “Eran las 2 de la madrugada, como cada maldito día, llegamos exhaustos, no era momento de andar construyendo planes. Agotamos hasta el tiempo de descuesto de aquel puto día. Yo quise convencerte de que solo restaba convertirnos en charcos y dejar que la pendiente y la gravedad nos transportara hasta el último rincón de la casa, ese donde recordábamos el color del iris del otro, donde los colores siempre podían cambiar si lo pedíamos.
    Teníamos la noche en números rojos, pero al mismo tiempo un horizonte de tiempo y amanecer nos creaba vértigo bajo los pies. Es cierto es una paradoja. Cada uno elegimos una solución. Yo quise el horizonte, tu elegiste el camino de las montañas de granos de arena.”

    Ambos luchaban por tener lo que les hacía felices, a veces las ondas se destruyen entre sí, no avanzan porque se solapan, y otras veces se complementan. Nadie es culpable, y a la vez todos podemos serlo. Porque no somos autómatas, somos carne flexible, siempre podemos cambiar, el cambio es un buen camino a la sabiduría, porque abre la puerta al conocimiento. El cambio y la integridad son aliados. Todas las teorías se hacía verdaderas cuando se escribían en aquel rincón….

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