Nunca tuve súper poderes

Una niña

Recuerdo que de pequeña un día fuimos al campo. Era fin de semana. Domingo familiar y feliz.
Como en esas películas de familias americanas que hacen picnics en paisajes preciosos.
Excepto que mi familia no era ni americana, ni perfecta.

Hacía frío y yo estaba enfurruñada. No recuerdo la razón. Supongo que cualquier tontería de niña: que mi madre me habría puesto un “kiki” en el pelo, que no me habrían dejado llevar de acampada mi juguete preferido o que alguno de mis hermanos me habría chinchado un rato (porque en aquellos tiempos yo era muy picona)… Quién sabe.

Pasamos la mañana jugando a polis y cacos, corriendo, riendo a ratos, llorando en otros… Cosas de niños.

Llegó la hora de comer y mi madre me dio mi bocata. Y a mí se me antojo gruñir porque no me gustaban los ingredientes (pongámosle que era tortilla de patatas). Así que enfadada y desesperada porque no lograba captar la atención de nadie se me ocurrió la brillante idea de tirar el bocadillo al suelo.

Los próximos instantes suceden en mi memoria a una velocidad lenta -extremadamente lenta- y angustiosa. Y es que las consecuencias de mi acto fueron las merecidas.
El caso es que mi padre, que en aquel momento se hallaba lejos, captó el momento y me miró fijamente. Y al ritmo en que sus pies se dirigían hacia mí, sus ojos me gritaban furiosos: “Esta vez te la has ganado…”.
Yo me quedé quieta, intentando congelar el tiempo para evitar el desastroso final que se avecinaba.
Pero después de unos segundos -minutos largos en mi memoria- ÉL (sí, en mayúscula) estaba tan cerca mía que tan sólo tuvo que alargar su brazo y soltarme un tortazo.
Fue un bofetón de esos que marcan historia. Como una Guerra Mundial sobre mi rostro. Un antes y un después.

No hubo palabras, ni razonamientos. Pero con la cara enrojecida comprendí, más claramente que nunca, que aquello no debía volver a hacerlo jamás.

Y hoy, pensando en aquel ayer, me he dado cuenta de que aquel suceso me marcó intensamente en dos aspectos:

1) Acepté que carecía de súper poderes para congelar el tiempo.
2) Dejé de ser una niñata egoísta para evolucionar a una versión mejorada de mí misma.

Así, que desde aquí, doy las gracias a mi padre. Por moldearme y educarme para ser mejor persona.
Porque, pese a quien le pese, un bofetón, en algunas ocasiones, vale más que mil castigos.

A veces escucho que de amor
saben mucho los viajeros.
Y que en cada puerto queda
nostalgia, pena y algún recuerdo.
Rubén Arribas

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2 pensamientos en “Nunca tuve súper poderes

  1. Anónimo dice:

    Muy buenas!! Solo quería darte la enhorabuena!! He empezado a leer tus “escritos” por pura casualidad y casi se me olvida comer de lo enfrascada que estaba!! Son geniales y consiguen transmitir y despertar muchísimas emociones y vivencias!!

    • RemysDoor dice:

      Muchísimas gracias. No te imaginas la ilusión que me hace que digas eso. Espero seguir transimitiéndote y despertando en ti muchas muchas emociones. Un placer tenerte por aquí! 😀

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