Archivos Mensuales: abril 2012

Querer es poder. O eso dicen…

Que saques a bailar a mis sonrisas de madrugada y apagues mi nostalgia cuando llegue de improviso. Que seas un músico desgastado y apuesto. De esos que deambulan perdidos por bares de cuarta clase. Que me regales abrazos cuando estén prohibidos y me comas a besos cuando no tengas hambre. Que descorches tus secretos en cenas con champán y de postre quieras degustar mi cuerpo. Que me cosas el corazón con una de tus canciones y selles mi piel con cada acorde de tu guitarra. Que empaquetes mi pasado en una mochila, enciendas el motor del coche y cambies el rumbo de mi vida. Que pintes mi primavera de colores inventados y abaniques mi verano con la magia de tus manos.

Quiero que seas el desparpajo de la vida en mi rutina encasillada.

“Yo solo busco que me tiemblen las piernas,
que seas de esas que nadie recomienda…”
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Nunca tuve súper poderes

Una niña

Recuerdo que de pequeña un día fuimos al campo. Era fin de semana. Domingo familiar y feliz.
Como en esas películas de familias americanas que hacen picnics en paisajes preciosos.
Excepto que mi familia no era ni americana, ni perfecta.

Hacía frío y yo estaba enfurruñada. No recuerdo la razón. Supongo que cualquier tontería de niña: que mi madre me habría puesto un “kiki” en el pelo, que no me habrían dejado llevar de acampada mi juguete preferido o que alguno de mis hermanos me habría chinchado un rato (porque en aquellos tiempos yo era muy picona)… Quién sabe.

Pasamos la mañana jugando a polis y cacos, corriendo, riendo a ratos, llorando en otros… Cosas de niños.

Llegó la hora de comer y mi madre me dio mi bocata. Y a mí se me antojo gruñir porque no me gustaban los ingredientes (pongámosle que era tortilla de patatas). Así que enfadada y desesperada porque no lograba captar la atención de nadie se me ocurrió la brillante idea de tirar el bocadillo al suelo.

Los próximos instantes suceden en mi memoria a una velocidad lenta -extremadamente lenta- y angustiosa. Y es que las consecuencias de mi acto fueron las merecidas.
El caso es que mi padre, que en aquel momento se hallaba lejos, captó el momento y me miró fijamente. Y al ritmo en que sus pies se dirigían hacia mí, sus ojos me gritaban furiosos: “Esta vez te la has ganado…”.
Yo me quedé quieta, intentando congelar el tiempo para evitar el desastroso final que se avecinaba.
Pero después de unos segundos -minutos largos en mi memoria- ÉL (sí, en mayúscula) estaba tan cerca mía que tan sólo tuvo que alargar su brazo y soltarme un tortazo.
Fue un bofetón de esos que marcan historia. Como una Guerra Mundial sobre mi rostro. Un antes y un después.

No hubo palabras, ni razonamientos. Pero con la cara enrojecida comprendí, más claramente que nunca, que aquello no debía volver a hacerlo jamás.

Y hoy, pensando en aquel ayer, me he dado cuenta de que aquel suceso me marcó intensamente en dos aspectos:

1) Acepté que carecía de súper poderes para congelar el tiempo.
2) Dejé de ser una niñata egoísta para evolucionar a una versión mejorada de mí misma.

Así, que desde aquí, doy las gracias a mi padre. Por moldearme y educarme para ser mejor persona.
Porque, pese a quien le pese, un bofetón, en algunas ocasiones, vale más que mil castigos.

A veces escucho que de amor
saben mucho los viajeros.
Y que en cada puerto queda
nostalgia, pena y algún recuerdo.
Rubén Arribas

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No le des al Play. Aún no.

chica mirando al infinito

A ella le gustaban los trailers. Más bien, los amaba.
Era una de esas aficiones raras que suelen tener las personas extrañas.
Pero merecía la pena verla disfrutar.
Tenía ese momento único –intenso, alocado, especial– en el se acomodaba en el asiento, agarraba un puñado de palomitas, y sonreía feliz al ver pasar los resúmenes de los estrenos. La mayoría de las veces, patéticos.
Pero ella disfrutaba. Se dibujaban en sus mejillas unos hoyuelos simpáticos que dejaban entrever que para ella, aún quedaban pequeños milagros por encontrar.

Pero cuando las luces se apagaban y empezaba la película, la magia se esfumaba. Y sus hoyuelos, se evaporaban al ritmo de los primeros fotogramas.

Un día me lo explicó y yo asentí maravillado:
“Odio darle al “play” a las películas. ¿No te das cuenta de que todo principio tiene un final? Y yo lo único que quiero es que dure para siempre”.

Y es que ella, era un milagro en sí.

No digas que esto se ha agotado.
Que ya no hay vuelta atrás.
No quiero oirlo, porque hay finales
que nunca terminan.
Que se repiten como un bucle
de canciones tristes y apagadas.

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Nunca para de llover

Hombre paseando en el parque

-Quiero un poco de esa sensación-.
-Sensación… ¿de qué?-.
-Quiero un gramo de tu sonrisa. Esa que se te pone cuando piensas inevitablemente en lo feliz que te hace.
Mejor dame un pedacito de tu ilusión. De esa que desparramas por las calles solitarias cuando vas acompañada.
Enséñame ese lugar donde el amor se come a las horas y aún continúa hambriento de más.
Dame una pizca de esas miradas de pupilas dilatadas y corazones entregados.
Obséquiame un puñado de las mariposas que encierras ahí dentro…

Concédeme un poco de esa locura que te tiene tan feliz.

Porque aquí nunca para de llover. En esta ciudad de viandantes ágiles y empresarios ajetreados, diluvia constantemente.

Y necesito al menos, una razón para no odiarla tanto como a mi soledad-.

Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Joaquin Sabina

Al sexto piso, por favor

Llegamos empapados pero felices. Tú agarraste mi brazo y de un empujón me metiste en ese ascensor minúsculo.  Nos pareció el escenario perfecto para desnudarnos.  Aunque en aquel momento, cualquiera lo hubiera sido.

Nos miramos bajo esa luz de bombilla desgastada y el ascensor comenzó a elevarse. Y así, nuestros corazones.

Jugaste a arreglar los mechones rebeldes de mi flequillo y me abrazaste mientras con suma habilidad ibas despojándome de ropa.

Todo se inundó de besos.

Amores de ginebra, frío y lluvia. Amores en ascensores de mala muerte que jamás estuvieron tan vivos…

Nos detuvimos en un sexto piso. No recuerdo si era el tuyo o pulsamos un número al azar anhelando que no dejara de subir hasta llegar al cielo.

Pero continuamos encerrados ahí. Ajenos a la vida que se respiraba fuera de esas cuatro paredes. Como un “Adán y Eva” que ansiaban tocarse. Sin serpientes ni Dioses que juzgaran sus acciones.

Y cuando el amanecer nos pilló dormidos, me abrazaste y con una sonrisa a medio hacer me susurraste:

-Ven, que ahora te voy a enseñar mi casa.-

Te sonreí y me pellizqué el brazo porque juro que pensé que aquello era el paraíso.

Y es que contigo hasta dormir empapados en un ascensor viejo, mugriento y minúsculo tenía un sabor celestial…

“You’re the closest to heaven that I’ll ever be”
Goo Goo Dolls
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Un día deja de ocurrir

Chico de espaldas

Jugabas a enfadarte cuando no te prestaba atención. Y cuando suplicaba por tu perdón, me decías:
“Tonta, yo siempre estaré aquí”.

Y a mí se me inundaba la vida de paz. Te sonreía, me encendía un cigarrillo y volvíamos ser tú y yo. No hacía falta nada más.
Sentados en cualquier bar, revolvíamos el mundo. Y cuando estaba patas arriba, le dabas un trago a tu “Mahou” y mirándome decías:
-Un día deja de ocurrir. Eso es todo-.

Así que me tatué esa frase en el pecho. Para no olvidar que todo pasa y nada vuelve. Y en algunos casos, mejor que nunca vuelva.

No me acostumbraré a ti.
Porque eres ese alguien que protege mis caídas pese a todo.

Supongo que nadie podría acostumbrarse a llevar un airbag humano 24 horas al día.

-Hay cosas que ellas saben desde que nacen…
Aunque ni siquiera sepan que las saben- después calló de nuevo.
Y yo me quedé viéndolo irse de regreso a las trincheras,
mientras me preguntaba cuántas mujeres, y cuántas estocadas,
y cuántos caminos, y cuántas muertes, ajenas y propias,
debe conocer un hombre para que le queden en la boca esas palabras.
Arturo Pérez Reverte

¿Y tus zapatillas?

Fuimos desconocidos del mundo, ignorantes ansiosos por saber.
Recorríamos descalzos la vida, pensando que no habría clavos por el camino.
Fueron tiempos de charlas que conquistaban amaneceres. De almas vírgenes que suspiraban de placer.
No conocíamos el amor en todo su esplendor, y mucho menos el vacío de su ausencia.

Fuimos locos felices en tierras oscuras. Soñadores imprudentes y optimistas desmesurados.

Fuimos tanto y ahora somos tan poco…

Tan sólo cobardes que temen volver a descalzarse.